¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El fajín de Franco

El fajín nos recuerda que el pasado es más complejo que el maniqueo relato que propone la memoria histórica

La historia del siglo XX es material radioactivo, todo lo contamina con su presencia. La Semana Santa de Sevilla, pese a que sus exegetas más líricos la suelen situar fuera del tiempo, no es una excepción. Muy al contrario, las cofradías están íntimamente ligadas a las convulsiones de la edad contemporánea. Bajo una fina epidermis de fraternidad, las hermandades vertebran también, con todas sus contradicciones y paradojas, las luchas sociales y políticas en la ciudad. Esto, que se observa meridianamente aún hoy, se manifestó con toda su crudeza durante la II República, la Guerra Civil y la Dictadura. Tanto que en la posguerra se produjo una reelaboración de la Semana Santa bajo las consignas del llamado nacional-catolicismo (que fue la verdadera ideología del franquismo, no el fascismo). De esta reinvención -una de las muchas que ha sufrido el fenómeno a través del tiempo- viene la Semana Santa tal como la concebimos hoy. Por lo dicho, es inevitable que en las procesiones existan guiños a aquella época y a sus protagonistas. Extrañarse y, sobre todo, llevar estos asuntos ante el juez entra dentro de lo absurdo y lo tramposo.

El hecho de que la Virgen del Baratillo lleve el fajín del general gallego no cambia la historia. Ahí están los duros y espantosos números de la represión. Ahí están las cunetas y los balazos en las murallas de la Macarena. Mientras las hermandades recuperaban su esplendor se fusilaba a mansalva en Sevilla. Pero también está ahí la saña con la que la parte más exaltada de la izquierda atacó a la Iglesia de nuestra ciudad y a algunas de sus cofradías (no precisamente las más burguesas). Sólo hay que entrar en la Capillita de San José para ver la pátina de hollín que cubre sus bóvedas por un incendio producido por activistas revolucionarios, o las desoladoras imágenes de la Hiniesta convertida en un trozo de carbón. Una parte de la riqueza patrimonial y devocional de las hermandades se salvó gracias a la acción heroica y anónima de ciudadanos que se jugaron literalmente la vida. Hay que admitirlo: el triunfo del golpe en la ciudad produjo una masacre de militantes de izquierda, pero evitó el masivo martirio de cristianos que se produjo en otras zonas del país en las que triunfaron los frentepopulistas. Guste o no, el acoso a las hermandades en Sevilla se acabó el 18 de julio de 1936, y es lógico que en la memoria de alguna de ellas -las más identificadas con los descendientes de los vencedores- perdure el agradecimiento.

La nuestra es una historia dura y sangrienta, no hay duda, pero no la cambiaremos acudiendo a los juzgados o pidiendo la identificación de costaleros como si fuesen terroristas. El fajín del Baratillo es el recordatorio de que nuestro pasado es mucho más complejo que el maniqueo relato que nos propone la memoria histórica.

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