En abierto

Francisco José Ortega

Una falta de respeto al fútbol

ENCOMIABLE el esfuerzo de la FIFA por llevar el fútbol hasta África, por abrir las puertas al otro mundo; loable el afán de los anfitriones por agradar a todos los que han recorrido miles de kilómetros para asistir al evento, pero se les olvidó algo esencial a las dos partes, que era educar a los figurantes para que supieran entender y respetar, sobre todo respetar, el espectáculo al que asistían. El Mundial de Sudáfrica 2010 pasará a la historia por muchas razones, y ojalá que la principal de ellas sea que España sea la vencedora final, pero a la hora de los balances generales sería bueno que alguien puntualizara que allí se le ha faltado al respeto al fútbol. Sí, el fútbol, en su acepción más global, ha sido objeto de una verdadera tropelía. Y no se trata en este caso de referirse a las tan denostadas vuvuzelas que provocan ese ruido tan molesto como ensordecedor. Es mucho más profundo que esa anécdota, lo peor es que esos figurantes que acuden a los estadios con entradas regaladas, se supone, atentan contra la liturgia del balompié.

No es cuestión, por tanto, de hablar del zumbido continuo de un elemento original de la zona en la que se celebra el evento, es otra cosa y ahí va una batería de ejemplos para tratar de aclararlo. ¿Se puede imaginar alguien una ópera con los mejores tenores y sopranos del mundo con todo el público comiendo palomitas o gritando "bravo" en los momentos más inapropiados para ello?, ¿es posible pensar que en las corridas de toros tronaran los "olés" en el momento en el que el matador entra a estoquear al astado?, o, por llegar al corazón de los propios sudafricanos, que alguien comenzara a gritar desaforadamente cuando el pateador de un equipo de rugby se dispone a transformar un golpe de castigo. Pues justo eso es lo que está sucediendo en los estadios que albergan el presente Mundial, que los figurantes quieren ser los actores principales.

Allí nadie respeta la liturgia del fútbol, ni siquiera que un buen puñado de chilenos o españoles pague un dinero por disfrutar del espectáculo. En aquel estadio de Pretoria, sobre todo ese día, los afrikaners, más los blancos nativos que los negros, muy vestidos incluso con prendas de apoyo a España, por cierto, atropellaban al fútbol. Se dedicaban a mirar para todos los lados para gritar por cualquier anécdota, bebían sin cesar la cerveza con alcohol que se puede adquirir en los mismos intestinos del recinto sin ninguna de las prohibiciones tan exigidas en los coliseos occidentales, trataban de provocar la ola de una manera constante y, efectivamente, hacían sonar sus vuvuzelas habitualmente mirando hacia la grada, sin importarles en absoluto lo que sucedía en el terreno de juego... Y en el España-Portugal de Ciudad del Cabo ninguno de los miles de recogepelotas se percató en dos ocasiones, dos, de que tenía que ingresar al campo para sacar un balón que sobraba. Es el problema de no saber siquiera que al fútbol se juega con un solo balón, una verdadera falta de respeto a algo tan sagrado como es el balompié.

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