La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La felicidad del malaje de verano

Existe un malaje de verano como hay un tinto de verano o una técula de verano que lleva helado de vainilla. Este malaje particular, estacional que diría un tecno-cursi, comienza a esbozar una sonrisita picarona así que se consume agosto. Empieza a ser feliz en su interior cuando los días se acortan, porque no tendrá que soportar más la preguntita de marras cuando sale de tomar los baños en la piscina de la urbanización o en la playa mientras sortea las conchas: “¿Cómo está el agua?”

Qué se puede responder ante semejante pregunta que uno ha de sufrir cada día como una penitencia estival. Lo peor no es contestar, porque uno siempre puede hacerse el sordo. Mucho más grave es escuchar las respuestas de los demás. “Buenísima, el agua está buenísima”. Aceptamos la pregunta sobre el agua como función fática del lenguaje, nada más, como cuando se habla del tiempo en el ascensor mientras se han de soportar los vapores ajenos, que en verano son terribles.

El agua está fría o caliente, ¿pero buenísima? ¿Cómo es el agua cuando está malísima? Y el tío elogia el agua mientras se refriega la toalla por la cara que pareciera quitarse las legañas matinales. “Deberías bañarte, te quitarás el calor”.

El calor es el que sufre el incomprendido malaje cada vez que oye un diálogo de estas características, que además está enriquecido con diminutivos como pequeñas banderillas cortas clavadas al torito del lenguaje. “Qué pena que ya se acaban los días de playita, cervecita y siestecita”. Y al malaje le entran los siete males por el cuerpo. Guarda silencio y en su interior se ríe el perro Patán que siempre lleva dentro, mientras comprueba que sí, que por fin se acaba ese agosto de cómo está el agua, de cuándo se te acaban las vacaciones y de otras impertinentes preguntas. Pero todavía, horror de los horrores, tendrá que pasar por la maldición de los psicólogos que recomiendan como vuvuzelas una vuelta al trabajo progresiva y te cantan los diez consejos para no sufrir al retornar al puesto que (Dios quiera) tengo allí.

Un pico y una pala le daba el malaje a los que sufren depresión por la vuelta al trabajo. Pero el malaje se calla porque sufre en silencio su malajismo, como la señora de las hemorroides del anuncio de televisión. Porque, eso sí, el malaje tiene educación, se suele callar y se sabe parte de una minoría poco respetada y menos comprendida. En España gobiernan todas las minorías menos las de los malajes. Por ahora.

Como penitencia final tendrá que oír unas siete u ocho veces que “ya se acaba lo bueno”, con el punzón añadido de una palmadita en la espalda. Y no descarten el grosero que alude al peso que ha ganado usted durante las vacaciones, al que siempre le puede responder con otra grosería similar, pero aquí no le vamos a dar ideas. Cuánta estulticia, piensa el malaje. Cuánto daño hacen los teóricos de la calidad de vida. No hay nada como el tiempo ordinario, cuando sólo se habla del clima. Pero siempre queda el tonto de guardia que a lo largo de septiembre recuerda lo obvio: “El calorcito no se va, ¿eh?”. Y en ese momento uno lee en el periódico, en la edición de papel por supuesto, que el 29 de noviembre se activará el alumbrado de Navidad.

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