Cuchillo sin filo

Francisco Correal

El feudalismo del mono

SI pudiera elegir qué tres documentos de los que perdí en las diferentes mudanzas o expurgos me gustaría recuperar con la mediación de un genio de las Mil y una noches, le diría que me devolviera las cartas que con el membrete de Air Mail y color azul recibía desde Londres de una amiga que me dio plantón definitivo el 25 de junio de 1977, lo que me permitió sublimar la pena viendo en un bar de Argüelles la final de la Copa del Rey que ganó el Betis; que me rescatara las crónicas de los partidos de fútbol que jugábamos en los campos de San Benito donde Cruz y Ortiz construyeron la estación de Santa Justa, unos relatos calcicortos que le regalé sin fotocopiarlos, atribuyéndole a los originales unas ingenuas cualidades curativas, a uno de los héroes de aquellos partidos, Carlos, cuando se marchó a Argentina tras diagnosticarle un tumor cerebral que dejó viuda y dos huérfanos de crianza sevillana. Y en tercer lugar, le diría al genio que si no era mucho pedir removiera Roma con Santiago para traerme los casi cien folios que dediqué a la dictadura del proletariado en un trabajo que presenté en mi época de estudiante de Sociología.

Un trabajo con notas bibliográficas y acotaciones a pie de página, perdón por la petulancia, que escribí íntegramente en la casa de mis abuelos en Almagro, a dos pasos del Corral de Comedias. Oyendo por televisión a los sindicalistas que con la huelga del Metro han convertido Madrid en un gigantesco sarcófago sobre ruedas he recordado aquel trabajo universitario cuya columna vertebral estaba en un libro de siglo XXI que Etienne Balibar, discípulo de Louis Althusser, tituló precisamente La dictadura del proletariado.

Hay trabajadores que han sufrido el varapalo del recorte, del despido, del crudo desempleo, en el anonimato, goteo incesante de dramas cotidianos certificado con el silencio y la connivencia de los sindicatos. Hay otros trabajadores, vulgo sindicalistas, que se sienten dueños del destino de las ciudades. El otro día oí por la radio jactarse a Francisco Carbonero, líder de Comisiones Obreras en Andalucía, de que la coincidencia de la huelga general con el concierto de U2 en el estadio de la Cartuja el 29 de septiembre va a favorecer la resonancia internacional del parón. No importa que también hipoteque la ilusión de quienes esperan ese día para ver a su grupo favorito. No es mi caso, que sólo fui fan de Silvio. Hay proletarios que actúan como dictadores, que se sienten dueños de los destinos ajenos, que juegan con ese arma arrojadiza. Dictadura que cuenta con la mano blanda de quienes los respaldan. Señores feudales del mono y el vociferio que han sustituido la teocracia del Uno y Trino por la del tornillo y los alicates reveníos.

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