Los ciriales

José / Joaquín / Gómez

La fidelidad del nazareno

EN más de una ocasión me he erigido en esta columna como defensor a ultranza del nazareno, pues entiendo que es el alma y la razón de ser de la Semana Santa de Sevilla.

El hermano de número, ese que tú conoces de vista de la hermandad pero desconoces su nombre, ese que lo ves algún día de Quinario sentado en el último banco de la Iglesia, ese que es fiel a su cofradía en la que un día como hoy, Martes Santo, ocupa su lugar con un cirio en las manos en el orden que le corresponde sin prebendas ni reconocimiento alguno, ese nazareno es el que hace posible la celebración de nuestra Semana Santa.

Pero también es a este nazareno a quien en estos días tiene que ir dirigida toda nuestra atención, todo nuestro calor, para formarlo y enseñarle el verdadero sentido de la estación de penitencia.

Pero junto a este respeto al nazareno surge en mi interior una profunda preocupación sobre lo que estamos transmitiendo a nuestros hijos, pues les podremos instruir y enseñar todos los secretos de nuestra Semana Santa, pero de nada nos servirá si no somos capaces de transmitirles su auténtico y verdadero sentido; si nos quedamos en los externo y festivo de nuestra celebración, sin penetrar en el interior de cada uno de nosotros, es decir, en el sentimiento religioso.

Nuestra Semana Santa es una mezcla de ambas cosas, en ella caben y conviven perfectamente las dos, la fiesta y la fe. Una no tiene por qué excluir a la otra. La Semana Santa no es triste, es seria, pero a pesar de ello es total y absolutamente imprescindible que se anteponga la fe a lo festivo y no a la inversa como me temo que no pocas veces está ocurriendo en los últimos años.

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