La ciudad y los días

carlos / colón

El fin de la especie

NO es que a Mariano Rajoy le crezcan los enanos, sino que su partido unas veces y él otras han escogido como tesoreros o ministros a jugadores de la NBA creyendo que eran bajitos. ¿De qué se sorprenden cuando pasa lo que pasa? Es imposible que haya dos Bárcenas, como si el tesorero fuera un Dr. Jeckyll ahora convertido en Mr. Hyde; primero el honrado militante vocacional, imbuido de los ideales de su partido al que sirve sin servirse de él, y ahora este señor de los muchos millones de misterioso origen y los ataques contra su ex partido. Alguien puede salir rana. Pero si de entrada era verde, daba saltos y croaba no hay que sorprenderse cuando cace moscas con la lengua. Y este señor, por lo que se va sabiendo, era verde, croaba, saltaba y llenaba los bancos suizos con las moscas que cazaba.

Con el ministro Fernández Díaz pasa algo parecido. No se sorprenda el señor presidente del Gobierno de que haga declaraciones, no importunas, sino absurdas. Uno puede defender su punto de vista, sin imponérselo a los demás, con argumentos racionales. Uno puede también vivir de acuerdo con los principios de sus ideas o de su fe, en el caso de que se tengan; pero también sin imponérselas a nadie y argumentándolas racionalmente. Ni la ideología tiene por qué desembocar en el sectarismo, ni la creencia en el integrismo. Y ni la una ni la otra, por supuesto, obligan a decir cosas risibles y absurdas.

El ministro ha empezado afirmando algo razonable: "Si nos oponemos al matrimonio entre personas del mismo sexo, no podemos usar argumentos confesionales". Pero al parecer el depósito de razón se le agotó en ese momento y prosiguió: "Existen argumentos racionales que dicen que ese matrimonio no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural. La pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada". Hombre, que tampoco somos conejos.

Este peregrino argumento de que si todo el mundo fuera homosexual se acabaría la especie, lo había oído en bocas poco ilustradas y siempre me había hecho gracia (una triste gracia) su irreal tosquedad y su aire de apocalipsis porno: una humanidad sodomita extinguiéndose, sin dejar de darle que te pego, entre vapores de azufre. Pero en boca de un ministro del Interior, que no de los interiores, no hace ni triste gracia siquiera. Escoja mejor sus argumentos; y no se preocupe por la especie, hombre, que su futuro está garantizado.

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