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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Las flores del PP

A Rajoy, como al último Azaña y al anciano general Armada, ya sólo le interesan las flores su jardín

Fue la avaricia la que desarboló al PSOE del tardofelipismo y ha sido la avaricia la que ha hundido al PP del postaznarismo, bautizado por algunos como marianismo. Los dos pilares sobre los que aún descansa la democracia han comprobado, en distintos momentos históricos, lo que ya sabían las coplillas populares: "…mal fin tenga el dinero/ que por entero a ti te ha cambiado".

Los populares afrontan estos días la primera y más dura fase de su necesaria catarsis tras una moción de censura que no fue más que la culminación de un lento pero inexorable proceso de decadencia. En la parrilla de salida, siete candidatos que se pueden resumir en tres: Soraya Sáenz de Santamaría, la letal menina que naufragó en el avispero catalán y es la apuesta de nuestro Juanma Moreno; Dolores de Cospedal, una abogada del Estado al que el machismo de izquierdas ha calificado como "miss La Mancha" y cuenta con el impagable apoyo de nuestro Juan Ignacio Zoido; y Pablo Casado, el joven kennediano al que ya han intentado hundir con una ofensiva mediático-judicial con tufo Íbex. Aunque el resto carece de opciones (profecía que, como todas, puede estar condenada al ridículo), haremos mención aparte de García-Margallo, un genuino representante de la derecha de toda la vida, con antepasados linajudos y condecorados en el campo de batalla, banderas de España en la corbata y vastas y polvorientas erudiciones. Margallo tiene el aroma de la mejor AP, demasiado vintage para unas nuevas generaciones que no fuman y creen que el amor romántico es un engaño del heteropatriarcado. Es, sin duda, el de mayor encanto.

Sólo por dejar constancia de sus nombres, mencionaremos al resto de los candidatos: José Ramón García Hernández, José Luis Bayo y Elio Cabanes; tres completos desconocidos que lo seguirán siendo cuando agosto nos imponga su ley.

Frente a este ajetreo de charranes, de trasiego por la España de provincias a la caza de militantes que estén al día en el pago de las cuotas, contrasta el silencio eremita de Rajoy, quien se ha ido a su despacho de Santa Pola como quien ingresa en el Carmelo. Hay un desengaño barroco en la actitud del ex presidente que lo entronca con el derrotado Conde Duque. También un intento de expiar todos los pecados del PP. Ni la vanidad del Consejo de Estado ni el oro de las puertas giratorias: a Rajoy, como al último Azaña y al anciano general Armada, ya sólo le interesan las flores de su jardín. "Traten otros del gobierno/ del mundo y sus monarquías…", como dejó escrito Góngora, que de desengaños sabía lo suyo.

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