francisco correal

Todos los fuegos el fuego

Los independentistas no se sumaron a la fiesta. En su delirio, piensan que el golpe triunfó

Cuando empezaron a emitir las imágenes que la cámara grabó de la tarde del 23 de febrero de 1981, los segundos eternos, la anatomía del instante de Manuel Núñez Encabo en la Carrera de San Jerónimo, llamé a mi hijo para que lo viera conmigo. Tiene 14 años. Le llamaron la atención las toses y carraspeos de los diputados y que se pudiera fumar en los escaños. Le recordé una frase de entonces: en todos los trabajos se fuma. Los tres héroes de la tarde eran tres fumadores empedernidos: Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Fuego contra el fuego. Todos los fuegos el fuego, como el relato de Cortázar. Le señalé los escaños donde estaban Felipe y Guerra, la España del 82. También anotó mi hijo la escasa presencia de mujeres, aunque en la monotonía de las imágenes (lo cual más que aburrir impresionaba: la soberanía nacional estática frente al dinamismo nervioso de sus captores) emergía la novedad de una mujer evacuada, la diputada y periodista Ana Balletbó, que ese día estrenaba premamá y poco después sería madre de gemelos. Niños que han cumplido 40 años, cuando empieza la nostalgia, decía Gil de Biedma. Pablo Iglesias Turrión tenía dos años y medio y la madre de los gemelos ha dicho cuatro décadas más tarde que nunca fue monárquica pero que estaría dispuesta a serlo con tal de evitar que personas como el vicepresidente del Gobierno llegaran a la jefatura del Estado. El que no aplaudió al rey Felipe VI, al hijo del cuarto héroe de la tarde, el único superviviente, el gran ausente. Cuarenta años después se tose menos en el Congreso, no se fuma en los escaños, dos mujeres presiden las dos Cámaras y un matrimonio está sentado en el Consejo de Ministros. Una anomalía presocrática. Los independentistas no se sumaron a la fiesta de la democracia. En su delirio, piensan que el golpe triunfó. En realidad, no participaron por su miedo a verse en el espejo. Porque son ellos (y ellas, que diría Benito Moreno) los epígonos de aquellos golpistas en su falta de educación, en su concepción excluyente de la política, en sus continuos ataques al Estado de Derecho. El 1-O fue la continuación del 23-F por otros medios. Tejero hubiera mandado fusilar esa misma tarde a Miguel Ángel Aguilar, el veterano periodista "nacido para la astronomía y degenerado para el periodismo", como empieza sus Memorias. Este reportero licenciado en Ciencias Físicas sacó la fórmula de la decencia para levantarse de la sala de prensa donde los aguafiestas argumentaban en sus lenguas vernáculas los motivos de su boicot. Aguilar se rebeló contra los que tomaban a los periodistas como decorado. Como si fuera un ficus, dijo gráficamente, para perplejidad de ese grupo mixto que no quería mirarse en el espejo de su narcisismo identitario, que empieza por romper el acervo común. Aguilar se fue y nadie les tosió. En todos los trabajos se esfuma. La prueba de que el 23-F fracasó es que nos ha regalado cuarenta años más de periodismo de Miguel Ángel Aguilar, que homenajea en el título de su libro, En silla de pista, a su amigo Luis Carandell, que como Azorín fue cronista parlamentario.

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