el poliedro

José / Ignacio Rufino

Lo global: ¿qué te gusta y qué no?

Los pros y contras de la globalización son distintos, y hasta contrarios, según se valoren en Europa o en Corea del Sur

CUALQUIER persona, cualquier situación, tiene pros y contras, activos y pasivos. Sucede con los virtuosos, y también con los criminales. Hace poco, por poner un ejemplo, un amigo muy viajado por el subcontinente indio me bajaba del pedestal al mismísimo Gandhi, apóstol sumo de la paz: racista con los africanos, maltratador de su esposa, violento con sus hijos. Vaya chasco. Suele suceder algo análogo con la propia familia amplia: con el tiempo, familiares mayores que teníamos por bien intencionados e intachables resultaron ser, en el mejor de los casos, prescindibles (otra vez la socorrida cita de Tolstoi: "Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera", y "familias felices", así, en absoluto, es un concepto ideal y por tanto inexistente). La fría contabilidad nos da una solución algebraica y pragmática del saldo dialéctico entre el bien y el mal: igual que nos dicen que hay que querer a las personas también con sus defectos, el neto patrimonial nos da la resultante de enfrentar activos y pasivos. Si el patrimonio es negativo, mala cosa.

La globalización -término que ganó la partida a mundialización, menos tecnochic- es un claro ejemplo de balance de activos y pasivos. Sucede que cada cual lo analiza y evalúa desde una experiencia distinta. Hay países que han ganado netamente con la información y transacciones instantáneas, y otros que han perdido, quizá definitivamente. Hay personas y grupos de élite que han acaparado ingentes cantidades del dinero mundial con la libre circulación de capitales y el exceso de economía financiera, que más que multiplica por diez a la real, la que hace cosas. Hay personas -muchas, sin buena información, si no engañadas- que han perdido sus ahorros por tal metástasis financiera, consustancial a la globalización. Este proceso planetario, además, ha conllevado una aún mayor pérdida en la trazabilidad de la cadena de subcontratas, lo que hace posible el abuso laboral… claro, que ésta es una perspectiva occidental y, sobre todo, europea, o sea, perdedora: un campesino chino, surcoreano, indio y hasta irlandés no piensa así, si puede llevar a sus hijos a estudiar a la ciudad de la mano de su nuevo trabajo de obrero. En Alemania, en el Brexit y en las mismísimas elecciones USA hay síntomas de miedo sin ambages al libre comercio. Más preocupante -pero inexorable- es la ocupación de la cumbre corporativa mundial por parte de las empresas tecnológicas, que emplean mucho menos que las pretecnológicas o industriales y acumulan mucha mayor parte del pastel global.

Pero lo No Global (pronúnciese en llana, a la inglesa, es más cool y antisistema) también carga con sus errores, prejuicios y tópicos sectarios. Vayamos a los activos del proceso global. Las empresas nacionales competitivas y empleadoras necesitan internacionalizarse en muchos casos. La migración y sus países de origen se benefician del proceso, balanceando en algo la riqueza del mundo. La riqueza mundial ha crecido, aunque los perdedores somos zonas aún paradisiacas en lo social, como buena parte de Europa y zonas e industrias de Estados Unidos. Sucede que cada uno lo ve tal como le va. Y ve el neto patrimonial propio, no el ajeno. Porque también sucede que lo que para unos es un activo, para otros es un pasivo, que la oportunidad de aquél me amenaza a mí, y mi debilidad puede ser su fortaleza. Más todas las viceversas posibles. No hay manifestaciones nou global en Shanghái o Bangalore. Las tenemos más bien por aquí. Subjetividad interglobal, disparidad de intereses. (Todo este esquemático análisis se hace prescindiendo de una consideración nuclear: el mundo, el físico, no da para tanto.)

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