EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

El gran López Vázquez

JOSÉ Luis López Vázquez empezó a hacer cine por casualidad. Era figurinista y se dedicaba a hacer decorados de cine y teatro con el pintor sevillano Alfredo Fraile (un gran pintor olvidado, dicho sea de paso). Un día, alguien reparó en aquel decorador que hacía muecas que parecían a la vez tristes y alegres y desesperadas, y se le ocurrió ofrecerle un pequeño papel en una obra de teatro. Así debutó López Vázquez, hasta que varios años después Berlanga le dio su primer papel en el cine, en Novio a la vista (1954). López Vázquez tenía ya 32 años, una edad respetable para aquella época. Eso explica que siempre hiciera de señor al que ya se le había pasado la hora, esa clase de tipo que nunca fue joven ni parecía haber disfrutado nunca de la vida: un hombre amargado, sumiso, hipócrita, rencoroso, vulnerable y acostumbrado a buscarse la vida de la forma que fuese, aunque nunca desdeñara pasárselo bien si le surgía la oportunidad (cosa que no sucedía a menudo). ¿Y quién no era así en la España franquista de los años 50 y 60?

A veces se ha dicho que López Vázquez sólo hacía de sí mismo, pero eso no es del todo cierto. Si repasamos su inmensa carrera, hizo docenas de papeles que no tenían nada que ver con el de "españolito medio" que él supo representar tan bien. Fue un oficinista servil, por supuesto, pero también fue un zalamero fotógrafo de bautizos, y un hombre lobo del siglo XIX, y un solterón medio trastornado que convivía con una muñeca hinchable, y una solterona que cosía a máquina sin saber que en realidad era un hombre (y docenas de personajes más). Y siempre, en todos sus papeles, López Vázquez era capaz de pasar en un segundo de lo más grotesco a lo más desgarrado, de lo más ramplón a lo más siniestro. No sé qué herida secreta llevaba este hombre encima, pero conseguía trasmitir una carga impalpable de sufrimiento y desamparo en medio de la jovialidad forzada de los subalternos obsequiosos o en el cínico descaro de los sinvergüenzas acostumbrados a mentir a todo el mundo (y sobre todo a sí mismos). Si tuviera que quedarme con alguna de sus películas, elegiría El bosque del lobo, Mi querida señorita y ¡Vivan los novios!, y tendría que volver a ver La prima Angélica (1973), de Carlos Saura, que me gustó mucho en su momento, pero que no sé cómo ha envejecido.

Lo innegable es que López Vázquez fue un actor superlativo, como lo fueron José Luis Ozores y Gracita Morales, o como lo fue María Luisa Ponte, y como lo es todavía el grandísimo Manuel Aleixandre. Y da vergüenza ver el trato más bien tibio -o incluso desdeñoso- que recibió en estos últimos tiempos, mientras que docenas de papanatas engreídos recibían elogios bochornosos sin tener ni una centésima parte del talento que él sí tuvo.

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