EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

El gran fracaso

QUIZÁ no sea un disparate imaginar un mundo altamente tecnificado en el que la mayoría de la población tenga dificultades para usar un subjuntivo. Si lo pensamos bien, lo que más les interesa a los dueños del mundo -y esos dueños existen, aunque suenen a novela de Fu-Manchú- es una población crédula, sumisa e incapaz de reflexionar por su cuenta. Y quizá la economía del futuro sólo sea posible -es decir, rentable- en un mundo de semiautómatas que sólo sirvan para cumplir órdenes y gastar dinero, criaturas no del todo irracionales, pero sí incapaces de crear los cortocircuitos verbales que se necesitan para producir pensamientos complejos. "Yo soy yo". "Nadie puede decidir por mí". "Este hombre miente". "No quiero hacer daño". "Esto no es mío".

Lo cierto es que hay un desinterés pasmoso hacia la lectura y la escritura, sobre todo entre los escolares, como demuestran las pruebas de diagnóstico que han evaluado los niveles educativos de Andalucía. Y no deberíamos atribuirlo, como hacen los sindicatos, a la falta de medios económicos. Hay alumnos que son incapaces de abrir un libro aunque se les regale un viaje para conocer a Cristiano Ronaldo. El problema no es la falta de medios, sino la dejadez o la simple gandulería. Hemos dejado que los alumnos se acostumbren a no hacer nada. Y hemos tolerado que muchos padres y alumnos se tomen la enseñanza como un capricho o una forma de pasar el tiempo.

Pero también hay que reconocer que nuestro sistema educativo es un disparate, con unas asignaturas aburridas y mal planteadas y una pésima planificación de las competencias esenciales en lengua y en aritmética. Mi hija de once años tiene que estudiar las diputaciones y las características de las rocas plutónicas, temas que a su edad sólo pueden interesar a un demente (o a un pedagogo). ¿No sería hora de cambiar el modelo educativo? ¿No ha llegado el momento de emprender un gran Pacto por la Educación, en el que lo primordial no sean los intereses partidistas, ni los desvaríos de los pedagogos, ni la visión inmovilista de los sindicatos, ni las exigencias estrafalarias de algunos partidarios de la educación religiosa, sino tan sólo el sentido común?

¿Por qué no se envía a la FP a los alumnos que a los 12 años han demostrado una absoluta falta de interés por la enseñanza teórica? ¿Por qué no se crean centros especiales para alumnos problemáticos? ¿Y por qué no se les exige a los profesores, aparte de los conocimientos, unas cualidades tan esenciales como la imaginación, el humor o la capacidad de interesar a los alumnos? Eso es lo que hay que hacer con urgencia, si no queremos encontrarnos dentro de poco con una gigantesca masa laboral explotada y embrutecida. E incapaz de usar un subjuntivo.

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