La tribuna

pablo A. Fernández Sánchez

La gran marcha migratoria

NO hay un solo día que no haya noticias sobre los intentos de cientos de inmigrantes subsaharianos de cruzar las vallas de Ceuta y Melilla. Ese eufemismo de valla ya ha sido contestado por la Corte Internacional de Justicia. No se trata de una valla (fence) sino de un muro (wall) de separación, independientemente del material con el que se construya. Al otro lado, los miserables son hostigados por el ejército marroquí, quién sabe a cambio de qué.

Mientras tanto, nuestros estómagos llenos, muchos de ellos agradecidos, se indignan porque en horas de máxima audiencia muestran los jirones de las pieles negras encaramadas en las cuchillas de las alambradas. Pero la indignación pocas veces se vuelve rabia y nunca contestación.

Ya sé que habrá muchos que insistirán en que aquí no cabemos todos, que primero hay que arreglar la crisis económica y que hasta tanto no se resuelvan los problemas de los nacionales no podremos acoger más inmigrantes. Es más, hay quien justificaría la expulsión colectiva o quien aplaudiría la expulsión masiva y sistemática.

Ahora bien, sólo hay un problema, tan complejo, que sus respuestas exigen mentes benévolas con criterios políticos de largo alcance. No hay que perder de vista que uno de los grandes cambios estratégicos que se están produciendo en nuestra sociedad internacional presente son los masivos movimientos migratorios involuntarios. Digo involuntarios porque, hasta ahora, los movimientos migratorios, con las excepciones de las guerras, se producían a iniciativas de los nuevos estados que requerían la mano de obra inmigrante para su desarrollo, y ello, incluye no sólo a la España ultramarina, los Estados Unidos, Canadá, Argentina, Australia, etc., sino a los propios países europeos de la posguerra, cuyas economías dislocadas necesitaban mano de obra extranjera.

Pero, insisto, salvo las posturas individuales de los aventureros o los emprendedores, se hacía con ciertas garantías de éxito y controles, más o menos, efectivos.

Ahora el problema es que los movimientos migratorios son masivos, provocados por la hambruna, por la escasez, por las catástrofes industriales, por las calamidades de las guerras miserables, etcétera y es tal la magnitud de estos problemas, que por muchos controles que deseen establecerse no hay disponibilidad material o humana que pueda mínimamente dar respuesta a estos flujos.

Ya no se trata tan sólo de la llegada de inmigrantes a Europa, lo más visible del problema en nuestras sociedades ricas y cómodas, sino de los millones de desplazados que generan cambios estructurales y desestructuración de los estados. Miremos a África y nos daremos cuenta de la dimensión del problema, sin soluciones particulares.

España está mucho más cerca de Mali de lo que creemos, por tanto, la solución de estos inmensos problemas no está en solicitar más dinero e implicación a la Unión Europea, para reforzar los controles de las fronteras exteriores. Eso sólo sirve para ganar algunos votos a corto plazo. Ni siquiera el gran flujo de inmigrantes irregulares llega a España por Ceuta y Melilla. Entran más potenciales inmigrantes irregulares por el aeropuerto de Barajas que los que se atreven, con mínima esperanza, a esperar años de sufrimiento al otro lado de Melilla o de Ceuta, a la caza de una oportunidad de entrar en el Paraíso.

Ya sabemos que esto no es el Paraíso pero, para ellos, es mucho más de lo que pudieron soñar nunca. Sólo por tener la oportunidad de ser un simple gato o perro de nuestras ciudades, justificarían su marcha.

En 1990, el británico David Wheatley, mal estrenó su película La Marcha (The March), en la que narra la huida masiva de más de 250.000 sudaneses que decidieron marchar hacia Europa, a través de España, sólo para que, al menos, los vieran morirse de hambre por las calles y playas abarrotadas de opulentos. Este film no tuvo éxito comercial como todos los filmes de denuncias sociales, pero queramos o no, empieza a ser una realidad.

Por eso, antes de que sea demasiado tarde, por puro interés, Europa, incluyendo a España, tiene que convencerse de que no se trataría de generosidad sino de egoísmo. Hay que contribuir más y mejor a desarrollar esas sociedades sin oportunidades porque en ello va nuestro futuro. Hay que coordinarse, como hizo Lula en Brasil, para sacar de la extrema pobreza a los millones de desheredados de África y contribuir a construir paz para que el desarrollo sea una realidad que nos permita, como sociedades viejas y necesitadas de estímulos, seguir disfrutando de calidades de vida como las de hoy, pero de forma sostenible y sin herir a nuestros congéneres.

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