RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Nuestro gran poeta joven

EL viaje de un escritor no acaba nunca. Lo estamos viendo ahora con Miguel Hernández, que parece por fin que empieza no tanto a ser leído -lo ha sido siempre-, sino sobre todo bien leído. No es que no haya tenido habitualmente lectores de mucha calidad: fue alabado públicamente por Juan Ramón Jiménez, que no era cualquier cosa, y suscitó la escucha más sentida de Vicente Aleixandre, del mismo modo que ahora ha concitado el estudio pormenorizado de especialistas como Jorge Urrutia y José Luis Ferris, oscilantes entre el hallazgo vital y metafórico, con aliento novelesco y mucha amenidad en la biografía del segundo. A Miguel Hernández, entonces, se le ha leído siempre y siempre bien; pero quizá hasta la celebración de este centenario unas cuantas claves de su obra, y de su evolución proteica en menos de una década, no ha estado tan al alcance de la generalidad de los lectores. Ya sabemos que hablando de poesía, lo hacemos de una inmensa minoría, que diría Juan Ramón, pero incluso esa inmensa minoría no siempre ha estado libre de caer en unos tópicos muy superficiales, sí, pero gravados con un hierro candente sobre toda la obra de este hombre, como si la serenidad viril de ese bello retrato a carboncillo, que le hiciera en la cárcel Antonio Buero Vallejo, poliédrico y de pómulos marcados, con los ojos henchidos de la vida más alta del final, hubiera estado desde entonces condenado a encarnar su versión más folclorista.

No es que en los centenarios necesariamente se tengan que decir cosas interesantes: en ocasiones no son necesarias, como en el caso de Lorca, del que está dicho todo, y el resto es un silencio luminoso. Sin embargo, quizá Miguel Hernández sí necesitaba una nueva autopsia no sólo poética, sino también vital, porque su cuerpo vive, está presente, cada vez que se lee con la mirada limpia de cochambres populistas.

Fue muy humilde, sí, pero no pobre. Antes de retirarse al monte con las cabras, había aprovechado diez años de instrucción primaria que no estaban al alcance, entonces, de la mayoría de los niños. Alma pura, sí, pero buscó, de manera legítima y con cierto desespero, como puede leerse en su correspondencia, el ascenso social del reconocimiento público, sabedor como era del talento y la densidad que iba ganando a un tiempo cada vez más esquivo con su vida. Pastor-poeta, sí, pero poeta esencialmente, una esponja que supo descifrar la mejor enseñanza de un ultracatólico como Ramón Sijé, y al mismo tiempo afinar el río gramatical de Góngora, para pasarse luego al bosque invertebrado de Neruda y a una gran poesía neopopular, entendida por todos sin renunciar al preciosismo estético. Evolucionó, en diez años, lo equivalente a cualquier escritor sólido en una vida larga. Muerto a los 31, ha sido nuestro gran poeta joven.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios