La tribuna

Magdalena Martín

La guerra perpetua

InNmanuel Kant afirmó en 1794 que la guerra está injertada en la naturaleza humana. El penúltimo episodio del conflicto árabe-israelí parece darle la razón. La complejidad del enfrentamiento, unida a las filias y fobias que despierta y a una cierta saturación informativa, pueden enturbiar las que, a nuestro juicio, son las premisas necesarias para comprender lo que en estos días acontece en Gaza.

En primer lugar, a la hora de aproximarnos a cualquier controversia internacional conviene desterrar el maniqueísmo. Los buenos sólo se distinguen con nitidez de los malos en las antiguas películas del Oeste, por lo que tanto en éste como en los capítulos previos, protagonistas y actores secundarios comparten responsabilidades desde el punto de vista del Derecho Internacional. Sin embargo, ello no significa que todas las violaciones del ordenamiento internacional sean iguales, ya que no afectan a normas de igual valor ni a los mismos bienes jurídicos protegidos.

Desde esa óptica, la ruptura de la tregua por Hamas y el lanzamiento de misiles constituyen una violación de la prohibición del recurso a la fuerza, pilar sobre el que se erige el orden internacional, y atentan contra la seguridad de Israel, pero no justifican cualquier reacción defensiva. Dicho en otros términos, Israel no puede en modo alguno pretender que los ilícitos internacionales que está cometiendo al vulnerar el derecho internacional humanitario e ignorar sus responsabilidades respecto a la población que tiene sometida y controlada en Gaza resulten perdonados por el ilícito previo cometido por la otra parte, ni tampoco argüir que está actuando en legítima defensa.

Cualquier estudiante de Derecho sabe que la Operación Plomo Fundido incumple cuanto menos dos de los requisitos exigidos internacionalmente; a saber: provisionalidad de las medidas adoptadas en tanto que el Consejo de Seguridad intervenga, cosa que ya ha sucedido tras la aprobación de la Resolución 1860(2009), de 8 de enero, y, sobre todo, proporcionalidad de la contestación respecto al ataque experimentado.

En segundo lugar, las partes en una controversia que ponga en peligro la paz y la seguridad internacionales tienen la obligación de arreglarla de manera pacífica, si bien disponen de libertad para elegir los medios de arreglo. La misma Israel es consciente de que la persistencia del conflicto amenaza el orden mundial, puesto que alimenta el vivero de mártires dispuestos a morir matando en cualquier parte del planeta, y que, en el presente estado de cosas, estabilizar el Líbano e Iraq y reducir las veleidades hegemónicas de Irán son misión imposible, lo que explica los intentos de mediación internacional. Con todo, es paradójico que Zapatero abogue por la negociación con Hamas, que está incluida en las listas terroristas de la UE, al mismo tiempo que en España varios dirigentes vascos se sientan en el banquillo por dialogar con el entorno de ETA.

En tercer lugar, cualquier intento de resolución exige el compromiso de los implicados y del resto de la comunidad internacional. En ambas partes, los defensores de la negociación deben ser capaces de imponerse a los fanáticos, ya que la verdadera naturaleza del conflicto es la de un choque entre quienes, en Israel y en Palestina, defienden la civilización contra quienes, en Israel y en Palestina, apoyan la barbarie. En esa tarea, deben contar con el apoyo de los actores secundarios, especialmente Egipto, Estados Unidos y la Unión Europea. Obama tiene ante sí la prueba de fuego para aplicar su "Sí, podemos", aunque posiblemente el lobby judío liberal influya más en el ideario del Partido Demócrata de lo que lo ha hecho en la Administración Bush. Por lo que concierne a la UE, tenemos una nueva oportunidad para asumir el liderazgo internacional.

Hasta la fecha, sin embargo, ni los múltiples cargos con competencia en política exterior ni los actuales mandatarios parecen tener la suficiente autoridad para presionar a las partes y a los propios EEUU. En este contexto, la actitud pro-palestina española puede resultar atípica, pero hay que recordar que fuimos el último país de la Unión en reconocer al Estado de Israel y que, por razones históricas, carecemos del sentimiento de culpa por el Holocausto todavía tan presente en el resto de Europa.

En La Paz Perpetua Kant escribió: "Aun en la guerra debe haber cierta confianza en la conciencia del enemigo. De lo contrario, no podría nunca ajustarse la paz, y las hostilidades degenerarían en una guerra de exterminio, que llevaría consigo el aniquilamiento de las dos partes y la anulación de todo derecho". La esperanza reside en que, por fortuna, los filósofos no siempre aciertan.

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