Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

¿Qué hacemos con el puerto?

Sevilla no tiene claro que en la orilla del Guadalquivir esté una parte importante de su futuro

El Gobierno tiene pocas dudas y hasta se permite el lujo de coincidir con la Junta de Andalucía, lo cual, por infrecuente, llama la atención: el tantas veces postergado dragado de profundización del Guadalquivir no se va a hacer. La razón principal, pero también la coartada fundamental, es medioambiental, aunque no se oculta que hay otro tipo de factores económicos que se ponen encima de la mesa y que aconsejan dar carpetazo por tiempo indefinido al asunto. Doñana es mucho Doñana como para emprender una acción que pudiera afectar a los delicados equilibrios medioambientales del parque nacional que es una referencia mundial de biodiversidad y una marca que proyecta a Andalucía con una fortaleza a tener muy en cuenta. Tocar la sensibilidad de los principales colectivos ecologistas o de la Unesco por un tema de estas características es algo que parece que no le cuadra a ninguna de las dos administraciones que tienen que ver en la cuestión.

Pero, con ser la posible afectación al valioso enclave natural lo primero que se argumenta contra el dragado, la propia naturaleza de la obra y sus posibles efectos despiertan muchas dudas tanto en el Ministerio de Medio Ambiente como en la administración de Puertos del Estado y en el Gobierno regional. Hasta ahora nadie ha demostrado con números las consecuencias beneficiosas en resultados económicos y empleo que tendría que al único puerto fluvial de España pudieran entrar barcos de mayor calado. La obra tendría un presupuesto de varias decenas de millones de euros -hay disparidad de cifras dependiendo de las fuentes que se consulten- y un costoso mantenimiento. El Puerto tiene dos ventajas competitivas que no explota con efectividad: se adentra en el territorio un centenar de kilómetros y tiene unas magníficas comunicaciones por ferrocarril de las que carecen sus más directos competidores. Pero está demasiado cerca de dos gigantes. Algeciras, en contenedores, y Huelva, en graneles, se lo comen. Con este panorama, el papel que juega el nuestro parece que está todavía por definir.

Tan cierto como lo anterior es que el puerto es uno de los pocos activos que le quedan a Sevilla si no quiere depender en exclusiva del turismo y de su condición de sede administrativa. Hasta ahora su capacidad para atraer inversiones industriales ha sido escasa y no es probable que en un entorno cada vez más competitivo las cosas vayan a cambiar. El reciente y pintoreco pleito con Huelva a cuenta de la terminal ferroviaria de Majarabique revela que hay una feroz lucha entre los diversos puertos andaluces por el pastel en la que Sevilla tiene todas las papeletas para quedarse una vez más atrás.

Desde los lejanos días en los que el proyecto del canal Sevilla-Bonanza levantó expectativas que nunca se cumplieron, también desde antes, el puerto es una de las frustraciones recurrentes de una ciudad que siempre ha querido ver en él una de las palancas de su desarrollo pero que nunca ha sabido activarla de una forma efectiva. Lo malo es que tampoco parece que a nadie le importe demasiado más allá de sectores vinculados de una u otra forma a la actividad del recinto.

La negativa formal del Gobierno a afrontar el dragado de profundidad es por ahora el último episodio que frustra las posibilidades de crecimiento del Puerto. Pero el problema que hay detrás es que Sevilla no tiene muy claro qué es lo que tiene que hacer con él y para qué le puede servir. La prueba es que el propio proyecto del dragado, que se supone imprescindible para su futuro, no ha encontrado en la ciudad un apoyo explícito. Como en tantas otras cosas, Sevilla ha respondido con indiferencia, como si no fuera con ella. Lo ha hecho porque ésa es su forma habitual de reaccionar, pero también porque no tiene claro que en la orilla del río esté una parte importante de su futuro.

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