Sequía en Andalucía Doñana agoniza de anemia

Viva Franco (Battiato)

La ideología del calor

La mayor mortalidad se da en distritos con magras rentas, donde el aire acondicionado es un lujo prohibitivo

Hay una estampa que uno asocia al calor homicida en Sevilla. Se prodiga en fin de semana, durante la tarde lánguida de un domingo sin término. Nos referimos a esos pequeños tornados de hojarasca reseca. Suelen formarse en avenidas anchas, por donde el tráfico circula a modo de fantasmagoría. Pensemos en la Ronda histórica, Manuel Siurot o la cementerial avenida José Galán Merino.

Denunciaba el compañero Sánchez-Moliní las hojas de los plataneros que ensucian y degradan la zona de El Porvenir. Otro apunte más de la mugre de Sevilla. Con ser verdad, la citada estampa de los remolinos de hojas siempre ha sido un clásico de los estíos más duros, cuando la desolación y el tedio alcanzan una estética muy acorde con la desesperanza más absoluta. Tendríamos que incorporar ahora a nuestro catálogo del verano mortal la imagen de los vencejos caídos por asfixia, como sucedió en junio.

Hemos recreado la imagen del viento y la hojarasca por la ola de calor que nos invade. Se suceden expresiones de signo apocalíptico. La muerte de un barrendero en Madrid por un golpe de calor a las cinco y media de la tarde ha hecho que los medios más nerviosos y sensacionalistas nos digan que el calor mata, pero la desigualdad mata más. El presidente Sánchez también lo ha recordado. O sea, que el calor da pie a la crispación ideológica de las dos Españas.

Se habla ya de que la muerte por síncope térmico tiene su propio código postal. La mayor mortalidad se da en distritos con magras rentas, donde el aire acondicionado es un lujo prohibitivo. En Madrid las zonas de Carabanchel y del puente de Vallecas son las que más muertes registran por calor. Cierto columnista ha señalado que el mártir de la limpieza pública murió el viernes mientras probablemente un banquero examinaba balances en su piscina de La Moraleja (otro desgraciado en cualquier caso). El cainismo español es único en su género del odio.

Cada provincia cuenta con lo que llaman una temperatura umbral distinta. En Madrid el calor mata a partir de 34º, en La Coruña con ¡¡26º!!, en Barcelona con 30º y en Córdoba con 40º. No hay que ser urbanólogo, ni empleado de funeraria ni científico del CSIC para suponer que el código postal de la muerte en Sevilla se halla en los barrios estadísticamente más pobres de España (Tres Barrios, Polígono Sur y Torreblanca).

Ni que decir tiene que si alguien muriese por golpe de calor en su morada de Plaza de Cuba o de la Buhaira sería visto como una provocación. Además, seguro que era un votante del PP o de Vox. Estamos esperando a que salte el odiador Echenique de turno. Al tiempo.

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