Tomás garcía Rodríguez

Doctor en Biología

La ignorada judería de Sevilla

Toda la belleza de la judería hay que mostrarla en un Centro de Interpretación

Tras la conquista de Sevilla en 1248, Fernando III y después Alfonso X donan a la Iglesia todas sus antiguas mezquitas, salvo tres que serían destinadas a sinagogas dentro de un recinto que se convertiría más tarde en judería cercada. Después del asalto a sus muros por los cristianos en 1391, dos de las sinagogas pasan a ser iglesias: Santa Cruz, en la plaza del mismo nombre y demolida por las tropas francesas en 1811, y Santa María la Blanca, que ocupa la sinagoga mayor. La tercera pasaría al culto cristiano a partir de 1492 con el nombre de iglesia de San Bartolomé, siendo recrecida en altura y reformada siglos después, aunque sorprende que permanezca su planta basilical judaica sin portada a los pies. Está documentada una cuarta sinagoga, del siglo XIV, pero no existe constancia cierta de su ubicación.

Santa María la Blanca sufre una importante remodelación en 1661 al ser parte principal de los festejos con motivo de la confirmación papal del culto a la Inmaculada Concepción. Esta obra la cubriría de magníficas yeserías, convirtiéndola en un espacio de hermosura increíble, reflejo cumbre del barroco hispalense. Se sustituyen las columnas originarias por otras de jaspe ocre-rojizo, pero conservando la traza judía, que a su vez había reutilizado la primitiva mezquita. Así, el portal con columnas y capiteles visigóticos que se halla en la fachada sudeste corresponde a la puerta de las mujeres de la sinagoga, mientras que la de los hombres puede visualizarse en un patio interior. Santa María la Blanca y San Bartolomé mantienen en sus adentros el alma de tres santuarios: la mezquita islámica, la sinagoga judía y la iglesia cristiana.

La judería impregna su aura para siempre a quien la ha vivido, la siente o la visita, conteniendo lugares de ensueño entre rincones ignotos, sugerentes palacios, conventos, restos de muros de incomprensión, árboles, iglesias; callejuelas románticas, alguna llamada "del beso" porque su estrechez hace posible el contacto amoroso entre balcones vecinos; plazas donde convergen las eternas almas de doña Inés y don Juan Tenorio junto a altivos naranjos; plazoletas que guardan el piadoso espíritu de Murillo, el aire monacal o la mística de los oratorios... Toda la historia, arte y belleza de la desconocida judería hispalense hay que mostrarla con dignidad a propios y extraños, a través de un necesario Centro de Interpretación y de una decorosa rotulación de sus monumentos y enclaves históricos. Una ciudad de tan amplio patrimonio cultural ha de indagar, mantener y mostrar orgullosa su esencia receptora de múltiples civilizaciones, su ardiente corazón y no solo su bonita envoltura...

"A la tierra de uno, la tierra que se pisa.../ se le canta a lo duro./.../ Yo quiero que mi canto a mi Sevilla/ no sepa a miel, ni tampoco a odio,/ sino al sabor ingenuamente amargo/ de espárrago triguero/ que tiene todo amor cuando se vive/ con miedo a que se duerma/ sobre un jergón de ausencia en el olvido" (José María Requena).

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