La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Las inaceptables amenazas a un político

A Ramón Peña lo acosan en Valencina por hacer bien su trabajo, por fiscalizar al gobierno, por ser tenaz

En los veinte años de vida de este periódico hemos informado de diversos ataques al espacio de mayor intimidad de un político: su hogar. Pondremos sólo dos ejemplos ilustrativos: Blas Ballesteros (PSOE) y Gregorio Serrano (PP) tuvieron que soportar manifestaciones, amenazas o pintadas en sus respectivas casas por diferentes motivos. Miren que hay formas de censurar la gestión de un representante público, pero sigue habiendo verracos que ofrecen su verdadera talla, la medida exacta de su calaña, cuando escogen la invasión grosera del domicilio particular para amedrentar, amenazar y acosar a un vecino que en su día asumió la carga de representar al pueblo. No ha ocurrido ahora en Sicilia, sino en Valencina de la Concepción, donde el líder de la oposición, Ramón Peña (PP), ha tenido que sufrir pintadas en los blancos muros de su casa más propias del País Vasco en los años del plomo. ¿Por qué? Porque está cumpliendo con la obligación de fiscalizar la labor del gobierno, porque se quedó al borde de probar la miel del panal de la Alcaldía, porque está siendo tenaz al preguntar por los datos de los contratos que suscribe el Ayuntamiento, todo lo cual en un feudo tradicional del PSOE. A Ballesteros le ocurrió cuando quiso poner orden en la mafia del taxi del aeropuerto, y a Serrano cuando le tocó bailar con la más fea de las sociedades, que no era otra que Mercasevilla. Da igual el partido del que sea el acosado, nadie merece semejante ataque en las paredes de su hogar, destinado a vivir las horas de reposo al que todo hijo de vecino tiene derecho, donde reside su familia, donde se cura las heridas de la vida cotidiana tras ganarse en la calle el pan de cada día. Por mal que se ejerza el cargo nadie merece soportar unas maniobras mafiosas y propias de cobardes. Por fortuna, las pintadas contra el concejal Peña fueron borradas antes del regreso de los niños del colegio. Los ediles de pueblo son muchas veces como los árbitros de divisiones juveniles. Están expuestos al acoso de los padres hiperventilados de los pequeños jugadores. Ejercen los cargos más frágiles de la Administración, están continuamente dando la cara, sin parapeto alguno desde que compran el pan, acuden a la romería o llevan a los hijos al colegio. Por fortuna, este Ramón Peña está acostumbrado a los codazos de las peores bullas cuando participa con la banda de música de la Oliva de Salteras tras esos pasos de palio como el de la Virgen de la Merced. Ramón sabe que de toda bulla se termina saliendo. Basta con no empujar y dejarse llevar por una de las dos corrientes: la que sale o la que entra. Y de la política quien le echa a uno de golpe son los ciudadanos. Y no es su caso.

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