Ojo de pez

pablo / bujalance

La indiferencia

LOS recuentos de víctimas tras el suceso de una catástrofe se resuelven siempre del mismo modo en el ánimo. Imaginemos una desgraciada catástrofe, natural, bélica o de cualquier otra índole, que deja tras de sí un reguero de muertos: las primeras cifras aterran, pero conforme la estadística sigue haciendo su trabajo llega un momento a partir del que, a pesar de que la cuantía sigue creciendo, el estremecimiento es mucho menor, como si hasta la barbarie lograra aclimatarse en la orilla de la costumbre. Catorce inmigrantes fallecidos en un asalto masivo a la frontera de Ceuta, así de una vez, parecen muchos. Pero desde 2005 han fallecido 29 personas en las fronteras de Ceuta y Melilla, y a lo mejor ya no parecen tantos. Ante los cientos de inmigrantes que han perdido la vida en el Estrecho sólo en lo que va de siglo, el corazón ya ni se acongoja. Es la historia de siempre, qué le vamos a hacer. Hombres, mujeres, niños, madres embarazadas, bebés enfriados en los brazos de sus progenitores. Ya saben, se trata de un problema global que requiere soluciones globales, por ahora, dicen, imposibles de asumir. Así que si el goteo deviene en hábito y no se puede hacer nada para remediar el mal, al final termina cundiendo la apatía, el entrañable despiste de los impasibles. La indiferencia.

Luego, el ministro del Interior comparece desde Polonia. Dedica la fórmula de siempre a lamentar las muertes y entonces ofrece una explicación lógica. Hay una mayor presión contra la inmigración ilegal en las ciudades autónomas, se abre una vía y se cierra otra. De modo que sí, existe una explicación lógica para estas muertes. Casi se puede decir que estaban previstas. Eso se puede deducir de las palabras del ministro. Mientras, en Ceuta, en Melilla, en Algeciras, en Adra y en Canarias son los vecinos, la Cruz Roja y las fuerzas de seguridad los que se parten la cara ante la evidencia, los que ponen las mantas, los que buscan los cuerpos. Y cuando se trata de buscar catorce cadáveres debe reconfortar saber que existe una explicación lógica para sus muertes. Se abre una vía y se cierra otra. Los que antes morían en alta mar ahora se ahogan cerca de la orilla, después de haber sido aplastados por la muchedumbre. Así de fácil.

Europa mira a otro lado. Harían falta más muertos, como en Lampedusa, para que, a ella sí, se le encogiera el corazón y enviara algún emisario al funeral. Allá se las apañen. Las avalanchas serán cada vez mayores, la seguridad más improbable y los ahogados más previsibles. Y no hay más que decir. No hay solución, parece. La batalla está perdida. Seguirá estándolo, tanto más aún.

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