Luis Carlos Peris

Un indiscutible torero de toreros

Antonio Ordóñez. Fue considerado el torero más puro por sus coetáneos y hasta por los que no lo vieron · Rondeño de nacimiento, se hizo en Sevilla y en Sevilla vivió y murió en diciembre del 98

ESTA serie que arranca con los farolillos de 2011 pretende reflejar la semblanza de toreros que significaron mucho en el toreo en general y, muy particularmente, en el amarillo albero maestrante. Si ya el año pasado nos entretuvimos en desgranar la figura de Pepe Luis, Pepín, Manolo González, Puerta, Romero y Camino, hogaño la empezamos con el torero que, posiblemente, no admita discusión. Torero de toreros, en la figura de Antonio Ordóñez confluyen todo tipo de elogios, mayormente de los que compitieron con él en todos los ruedos de Tauro.

Puede afirmarse que en el día de hoy se nos aparece el auténtico Rey del Toreo, el torero más hondo, mayestático y valiente de la segunda mitad del siglo XX. Antonio Ordóñez Araújo, hijo del Niño de la Palma y que, nacido en Ronda, había crecido en Sevilla, en el barrio de Nervión, por donde la ciudad iba desarrollándose recién terminada la barbarie 1936-1939. Considerado como el paradigma de la pureza que se encarna en el toreo rondeño, Ordóñez creció y se hizo como torero a la sombra de la Giralda, donde transcurrió una gran parte de su vida.

Indiscutiblemente, Antonio se hace en Sevilla. No renuncia nunca a Ronda, pero se cría, se desarrolla y muere en Sevilla. Igualmente ejerce como sevillano, lo que se acentúa en su tremenda afición a la Semana Santa desde las hermandades de la Soledad de San Lorenzo y la de la Esperanza de Triana, de la que llega a ser hermano mayor. En la Soledad fue hermano muy destacado en una hermandad que tenía en Antonio Petit y en Joaquín Romero Murube sus figuras más representativas.

De novillero formó pareja más que habitual con Manolo Vázquez, del que era amigo entrañable, tomó la alternativa en Madrid en 1951 y aparece en la Feria de Sevilla en un cartel al que la casualidad le hace que raye en lo premonitorio. Su primera corrida es la última de Pepe Luis Vázquez en Sevilla, el torero de Sevilla a la sazón. La última la torea con Curro Romero, el hombre que sucedió a Pepe Luis en el trono de Sevilla. Entre ambas, diecisiete años de gloria, de pureza en la forma de concebir el toreo, tan rondeño, tan hondo, tan ayuno de superficialidad, tan marchoso y tan rico en valentía...

Entra en el corazón de Sevilla de forma inmediata, pues sólo es cuestión de revalidar su cartel de novillero. Con la excepción de la feria del 57, Antonio estuvo bien en cuantas intervino y es interesante recordar que fue la última gran figura del toreo que no rehuyó matar la de Miura, llegando a anunciarse en tres ferias con los temidos toros de Zahariche.

Pero no sólo hubo gloria en la vida torera de este enorme torero. En su carrera tuvo más presencia de la deseada la sangre, pues fue Antonio un torero maltratado por los toros, seguramente por la pureza de su toreo de plantas asentadas y despaciosidad en el lance. Esa sangre no podía faltar en las comparecencias de Ordóñez en el coso del Baratillo y en el 53 es gravemente herido por un toro de Guardiola. Fue en una tarde de mucho hule. La corrida del Toruño salió con el picante habitual y el doctor Leal Castaños tuvo trabajo, ya que no sólo resultó herido Antonio. También fue cogido su compañero y amigo Manolo Vázquez, por lo que el cordobés José María Martorell hubo de despachar cuatro toros en aquella tarde del 21 de abril.

La carrera de Antonio alcanza su cénit aquel verano del 59 en que le echaron a competir con su cuñado Luis Miguel y que tanta fama le dio Ernest Hemingway con su Verano Sangriento para Life. Cosas que ocurrían en los cincuenta, pero la perfección de Ordóñez se multiplica y llega al más alto picacho cuando reaparece tras su primera retirada. Feria del 67, El Cordobés manda en la Fiesta, y llega Ordóñez el jueves 20 de abril al patio de caballos de Sevilla para hacer el paseo con Litri y Curro Romero. Vestido de grana y oro, Ordóñez esboza cosas grandes ya en el segundo y cuaja al quinto bajo una lluvia inmisericorde que no paró en toda la corrida. Ese toro se lo brindó a Utrera Molina, el pretor de aquella Sevilla predemocrática y al que Romero le había hecho un quite portentoso de dos verónicas y media que arrancan lágrimas de los aficionados y que hace que le hierva el agua al gran rondeño.

Ordóñez, que quiso matar recibiendo, no metió la espada y su salida en hombros fue con Litri y Curro, pero por la puerta de cuadrillas. Dos días después, toros de Urquijo, Ordóñez, Puerta y José Fuentes en el paseo. Lío gordísimo al cuarto y Ordóñez por la Puerta del Príncipe. Después, dos ferias más. En la del 68 testifica el rabo que Diego Puerta le corta a un toro del Marqués de Domecq.

La última tarde sevillana es en la del 69, en la que el viernes de Feria le pierde la cara a un toro de Bohórquez que le perseguirá dramáticamente hasta el burladero. Torea con Alfredo Leal y con Curro Romero. Ya no volverá más vestido de luces a la Maestranza. Sólo lo hará en el festival que recuerda al doctor Leal Castaños; también como apoderado de un torero al que siempre admiró, Curro Romero. Su última corrida fue el 16 de agosto de 1981 en Ciudad Real, recibió ya enfermo de cáncer la Medalla de las Bellas Artes y falleció en Sevilla el 19 de diciembre de 1998, y en la plomiza y triste mañana siguiente fue llevado en homenaje a Triana y sus cenizas están depositadas en Ronda.

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