En tránsito

eduardo / jordá

O tras inquisiciones

DESDE que existen Twitter y Facebook, los que escribimos en los periódicos hemos aprendido a ser extraordinariamente cautelosos. O dicho de otro modo, desde que cualquiera puede sentirse insultado por lo que se publica en los medios, se ha vuelto mucho más difícil ejercer la libertad de expresión. Y lo paradójico es que ahora mismo, cuando se supone que disfrutamos de una libertad de expresión sin límites, es cuando debemos ser más precavidos con las cosas que decimos. En los tiempos terribles en que había censura -como la censura franquista, por ejemplo-, un escritor tenía cierta libertad de movimientos para sortearla, y a veces le bastaba con un poco de ironía o con un cierto uso imaginativo del lenguaje. Por supuesto que eso no servía en los países totalitarios -ni en la Alemania nazi ni en la URSS hubo nunca el menor atisbo de libertad de expresión-, pero sí en los países donde la censura la ejercía un funcionario, por lo general escritor frustrado en sus ratos libres, al que se podía engañar con un mínimo de picardía o de ingenio. E incluso en el cine español de los años 40 y 50, que estaba sometido a una censura implacable, se colaron películas que eran capaces de mostrar la realidad mugrienta de la España de la época, esa misma realidad que la propaganda franquista intentaba ocultar por todos los medios.

Pero ahora existe otra clase de censura informativa que es mucho más difícil de combatir, porque es la que ejerce cualquier ciudadano amparado en el anonimato de las redes sociales, y que puede emprender una campaña furibunda contra alguien sólo porque se haya sentido molesto o herido por una de sus opiniones. Y justamente cuando vivimos en la "sociedad de la transparencia y la horizontalidad y la democratización informativa" -uso los mismos términos de quienes defienden estas cosas-, es cuando son más frecuentes los linchamientos mediáticos porque alguien ha escrito algo que ha sentado mal a determinada ciudad, o a determinado colectivo, o a determinado grupo político o social, y con frecuencia por razones peregrinas o estúpidas. Y así, cualquier referencia que se pueda considerar hiriente u ofensiva será usada contra quien la ha proferido, y se le exigirá rectificar y pedir perdón como antes se hacía con los herejes en los autos de fe.

Nos guste o no, no vivimos en una sociedad tan abierta y tolerante como creemos. Y la masa amparada en el anonimato sigue ejerciendo de forma colectiva el viejo oficio de inquisidor general.

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