Coge el dinero y corre

fede / durán

El intruso en la pirámide

UNA cifra se parece a una pirámide egipcia. Por fuera es de una belleza sencilla y efectiva: recorta el horizonte como un colmillo invertido. Por dentro, sin embargo, está llena de estrechos pasadizos y mortales trampas, todo para dificultarle la verdad al intruso. La reforma laboral puede servir de ilustración. Desde que el PP aprobase, en febrero de 2012, el decreto revitalizante, España ha pasado de 5.639.500 parados a 5.977.500. Son 338.000 más. Hasta ahí la seca objetividad del número. Quien intente bucear en las entrañas de la cifra comprobará de inmediato que no es irrebatible todo lo que reluce. Porque el Gobierno sostendrá, con voz de catedrático cuarteado, que la sangría habría sido infinitamente mayor sin las medidas de emergencia adoptadas. Porque el PSOE construirá una tragedia griega sin atender a la ineficacia exhibida cuando las decisiones eran suyas. Entretanto, el intruso morirá envenenado, aplastado, atrapado o decapitado. Por buscar explicaciones. Por tonto.

Ocurre lo mismo, por ejemplo, con el fracaso escolar. Si la estadística mejora, unos dirán que es gracias a los cambios introducidos bajo su mandato; otros que la bonanza llega a rebufo de resoluciones más sabias y pretéritas. Mientras, el pelmazo del intruso avanzará desorientado, a tientas, intentando comprender el jeroglífico de los alumnos que pasan curso con dos, tres o cuatro cates.

Las pensiones. Las pensiones no se congelan. Que lo sepa el estoico jubilado. Que sepa que quizás la subida sea del 0,001% anual, pero, ¿qué más quiere? ¿Y qué importa que el IPC trepe a un ritmo mucho mayor? ¿Que se pierde poder adquisitivo? Eso son tecnicismos, abuelo. Otra vez igual: la vocación social del Ejecutivo de centroderecha; la consternación del noble opositor de izquierdas; el intruso que raspa céntimos de euro para sostener al hijo en paro, y a su nieto, y sus propias facturas.

Pero las mejores cifras, a años luz de las demás, son las que destellan en los cartelones de las sucursales bancarias (o de las afanadas aseguradoras). Un tipo de interés, el rendimiento de un depósito, un plan de pensiones, esas hermosas preferentes, la póliza que salvaguardará tu porvenir o las inversiones asignadas a complejos productos financieros parpadean en la mente del goloso intruso como ensaladas de fruta variada, como bolsas de chucherías, como cajas de tres pisos de bombones. Normalmente, el intruso baja la guardia ante semejante despliegue, se encomienda al muy católico milagro de los panes y los peces y acaba firmando. Firma porcentajes que no existen porque están sometidos a otros porcentajes, a descuentos subterráneos, a indemnizaciones codificadas y azarosas variables. Firma porque en el fondo confía en la objetividad del número oficial pese a las experiencias que en su pasado y en su presente le recuerdan que todo es un truco, que el camuflaje de la pirámide es su aparente sobriedad, que al final él mismo es quien sirve las palomitas o empuja el carrito de los helados en una pieza teatral donde actúan otros y donde otros se arrellanan.

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