La esquina

josé / aguilar

La jaula de Grillo

EN tres meses ha dilapidado el cómico italiano Beppe Grillo, líder del Movimiento 5 Estrellas (M5E), todo el caudal de ilusión, entusiasmo y energía que sus conciudadanos depositaron en él como adalid del cambio de verdad que iba a acabar con la vieja política de los partidos tradicionales, enfangados en la corrupción, la incapacidad, la endogamia y la chapucería.

En febrero, Beppe había encarnado la esperanza de los desencantados con su discurso antisistema y parecía destinado a encabezar una auténtica rebelión de masas contra la podredumbre. Un fenómeno social y político que ya se ofrecía como ejemplo de catarsis liberadora y redentora ante la desafección hacia la clase política. Así se colocó como tercera opción política en las elecciones generales. Tres meses después, en unas elecciones municipales parciales, ha perdido la mitad de los votos. El antídoto contra el desencanto ha desencantado.

¿Por qué? Porque ha tirado a la basura el respaldo que le dieron los italianos. Se lo dieron para cambiar las cosas, y las ha dejado como estaban. En sus manos tuvo la oportunidad de aliarse con el centroizquierda decente del Partido Democrático para alumbrar un gobierno reformador, pero prefirió no mancharse. Mantenerse puro e incontaminado... y obligar al PD a pactar con Berlusconi y convertirse en rehén del nefasto Cavaliere. La gente le perdonaba su histrionismo, su talante autoritario, su egolatría y sus caprichos, en aras de la renovación que parecía traer. Lo que trajo fue la esterilidad y el circo. Y sobre todo, el mantenimiento del statu quo en Italia. Millones de votos tirados a la papelera.

Esta es una historia conocida: la del ideólogo de una lucha radical contra el sistema que acaba consolidando el sistema. A fuerza de infantilismo, torpeza, sectarismo y pérdida del sentido de la realidad. Su reacción ante la derrota en las municipales no ha podido ser más clásica, la misma que la de sus declarados enemigos irreconciliables: echarle la culpa a los electores. No es él quien se ha equivocado, sino el pueblo que no la ha apoyado: los ignorantes y los aprovechados del sistema (los que viven de la política, los funcionarios y los pensionistas, que votan pensando en sí mismos y no en el país). Un tic inconsciente de dictador.

El cómico genovés no ha necesitado los cien días de gracia en su nueva posición para evidenciar que los payasos valen para hacer reír, no para cambiar las cosas.

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