DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

El juicio de la historia

EL 50 aniversario de la muerte del escritor francés y filonazi Louis-Ferdinand Céline ha dejado, a la orilla de los ríos de tinta de rigor, un debate muy palpitante, espinoso y resbaladizo. Hasta qué punto las cualidades morales (casi inexistentes en el caso Céline) deben pesar a la hora de apreciar las calidades estéticas (tan evidentes en su caso). El problema me apasiona porque parece irresoluble. Metafísicamente, no pueden separarse la bondad y la belleza, pero luego, como tras una especie de maldición de Babel que, en vez de las lenguas, fragmentase el mundo entero, andan cada una por su lado o incluso a veces inquietantemente contrapuestas.

Queda el pequeño consuelo de que, a toro pasado, acaba la historia poniendo los puntos, como banderillas, sobre las íes. Ahora arremetemos contra los escritores que apoyaron los totalitarismos del siglo XX o no los criticaron, o cantaron al padrecito Stalin, y afeamos el mal gusto del autor que se permitía chistes sobre judíos en los años 30, cuando el monstruo del antisemitismo se asentaba en Europa, y nos escandalizamos porque Aristóteles no clamase contra la esclavitud, etc. Hacemos muy bien, sí, señor, pero ¿nos preguntamos nosotros por los criterios morales con que nos juzgará la historia? Las opiniones dominantes, aliadas a un natural instinto de supervivencia, tapan los ojos de los contemporáneos a lo que verdaderamente está mal en el mundo en cada momento.

Aunque es mucho ahora lo que clama al cielo, creo que nos medirán moralmente en el futuro según nuestra postura ante el latente odio actual a la vida humana. Por ejemplo, para terminar con el hambre del Tercer Mundo se pretende acabar con las personas hambrientas, reduciendo la natalidad, que no es más que aplicar lo de "muerto el perro se acabó la rabia"; y eso, tan burdo, lo defienden los organismos internacionales más encumbrados. El caso más radical es el aborto legalizado y subvencionado por los Estados. Y cómo se arrincona y se acalla a los que se oponen u objetan. Ha podido verse claro con el distinto eco mediático que tuvieron aquellas masivas manifestaciones contra el aborto, tan ninguneadas, y la reciente minimani del 15-M, tan jaleada. Unos jóvenes pro-vida han tratado de acampar en Sol, por un efecto mimético quizá, soñando que así se les prestaría la misma atención que a los otros, y se encuentran con que a ellos sí les intenta echar inmediatamente la policía municipal (de Gallardón, por tanto). A nadie interesa que se proteste contra ese tema, y ése suele ser un indicio casi infalible de que estamos ante la cuestión más purulenta de cada época.

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