Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Lo justo sería que el que lo haga lo pague

DEMOSTRADO desde el principio de los tiempos que el que nace lechón muere cochino, difícil será que entren en razón los indeseables que conforman los grupos radicales de cada club. Aun cuando radical es uno de esos eufemismos que se emplean para maquillar definiciones más elocuentes, complicado será que esas bandas de descerebrados sin principios ni fin entren en razón y dejen de insultar a sus rivales de siempre o de ocasión.

La muerte de un tipo que viajó seiscientos kilómetros en autocar para, al amanecer, pegarse con otros de parecida calaña ha sido el lodo que ha ocasionado estos polvos. Los estadios habrán de convertirse en coliseos donde en vez de ver un Sevilla-Betis parezca que se está ofreciendo Aida o La Traviata. Y no estaría mal que los insultos desapareciesen de los estadios, pero hacer responsables a los clubes de lo que den de sí los ultras parece que conlleva cierto afán recaudatorio.

Me da la impresión de que, en uno de los muchos pendulazos que vemos a lo largo de la vida, pasemos de la complicidad de haber alentado a este monstruo sin cabeza que es el fenómeno de los ultras en el fútbol a cogérnosla con papel de fumar. Particularmente me conforta que se intente una regeneración en las tribunas y que el hediondo clima actual se limpie para siempre, pero de eso a hacer responsable a un club del comportamiento de esa lacra va un abismo.

Hasta ayer mismo era más perseguido el grito del simio al negro que mancillar la honorabilidad de la madre del árbitro. Ahora, y afortunadamente, parece que se penalizarán ambos insultos por igual, pero el sancionado debe ser sólo el autor y no el que pone la casa para escenificar el espectáculo. Luis Enrique ha sacado una de sus peculiares salidas de tono y la verdad es que siempre que no sea el culpable el que pague sonará a brindis al sol, a un pendulazo, otro más.

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