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Joaquín / De La Peña

Las lágrimas de Angels

una semana santa vivida junto a forasteros El autor describe la experiencia de enseñar la celebración a visitantes de Cataluña que poco a poco van encandilándose con la principal fiesta de la ciudad

EL estridente timbre del teléfono quedó mudo ante la cálida y dulce voz de acento inconfundible. A pesar de sus más de cincuenta años en Cataluña, el deje de troncones y chumberas de caminos, de atardeceres rojos y amaneceres azules, seguía fluyendo por su garganta idéntico al de los días de su niñez, como si ese acento, sinceramente andaluz, fuera el escapulario que preservara las raíces que nunca quiso perder. Las tardes se alargaban despaciosamente y el olor a función y besamanos comenzaba a impregnar como una marca los trajes.

Tras los habituales prolegómenos, el motivo de la llamada quedó pronto de manifiesto: "El Domingo de Ramos llegan para pasar la Semana Santa". El aviso sonó más solemne que en otras ocasiones por lo que aquel cofrade quedó a la espera de que, con esa sabiduría y diplomacia innata de las gentes sencillas, le fuera desvelada la segunda parte del mensaje: "Mira, es que uno de los matrimonios no es creyente".

La verdad es que no le entusiasmó en demasía el anuncio. Consciente de que los momentos no vividos se pierden irremediablemente en el limbo de nuestra historia personal, nunca había antepuesto la vivencia personal de estos días a otras consideraciones. No obstante, siempre admiró más a quienes se debatían en la unamuniana y permanente lucha de la búsqueda de la fe que a los creyentes "puros y castos" que defendían una celebración endogámica, sólo para santos.

El Domingo de Ramos llegó pronto, y la ilusión, y la luz, y la blancura, y el azul del cielo, y el negro de la túnica colgada de la alcayata del pasillo, la misma que el resto del año sostenía aquel cuadro grande que mudaba al cuarto de los libros para que así se fueran haciendo presentes la hermandad y los hermanos.

El lunes se encontraron por vez primera, la exquisita educación de sus visitantes no le sorprendió; en muchas ocasiones había comprobado que las etiquetas nunca suelen ser fiel reflejo de la realidad y la de los catalanes maleducados y serios no lo era, como tampoco la de los andaluces graciosos y juerguistas.

Ese día sólo les dijo una frase: "Dejad abierta vuestra mente y vuestros sentidos, despojaros de los prejuicios y empaparos de lo que veáis y sintáis".

Nuestro hombre no debe responder al típico tópico del sevillano en Semana Santa porque, salvo en algún que otro almuerzo, apenas abría la boca si no era para responder a las puntuales preguntas de unos discípulos que parecían asombrados.

Entre las filas apretadas de nazarenos morados el jueves surgió la primera confesión. Aquellas gentes venidas del mediterráneo, de la Cataluña europea y modernista realizaban el primer canto de alabanza a la forma de expresar los sentimientos, a la luz, al ambiente, al arte, a las tradiciones, a la cultura, a la forma del pueblo de vivir la fiesta.

Resignado no alteró un ápice el plan de la noche, porque el plan era el suyo. Ni siquiera en sus tiempos de pandilla juvenil había cambiado por seguir al grupo; si tenía que ir solo, iría.

La madrugada llegó pronto, demasiado pronto, como siempre. Las sombras alargadas fueron atravesando los fríos mármoles del imponente templo entre un silencio apenas roto por una cortada voz de mando y el arado de las alpargatas de los costaleros. Ante aquel rostro velado por los visillos del incienso, resguardado del tiempo y del espacio por un halo de misterios, tan atípico cicerone, como cada año, dejó escapar la misma frase susurrada a los oídos de quienes le acompañaban: "En realidad no sabemos muy bien cómo sucedió lo de esta noche en Jerusalén, pero creo que tuvo que ser algo muy parecido a esto".

Camino de la calle Cuna algo había cambiado. Las preguntas habían dejado paso a una especie de mutismo interior. Y entonces, más tarde de lo que uno quisiera llegó Ella, y demasiado pronto, como siempre, pasó Ella. Las caídas del palio revoloteaban tiñendo de verde la alborada. Y allí quedaron, quietos, empujados por la masa, viendo perderse la Esperanza. Fue entonces cuando las vio, furtivas, apenas unas gotas de rocío escapadas del brillo de unos ojos. Eran las lágrimas de Angels, sinceras, hermosas, tejidas con los dolores del parto de la duda, aferrándose a aquello que había vivido sin soltar aún, las seguridades de tantos años de argumentos y razones.

Días después, mientras las agujas de la Sagrada Familia se desperezaban indolentes sobre la ciudad condal, un pensamiento compartido hizo temblar de orgullo los labios y las manos agrietadas de tanto rezo y tanto trabajo de aquella andaluza, porque allí, tan lejos de Sevilla, entre la bruma y la humedad, las lágrimas de Angels, como si fueran la cita de un profeta, habían confesado la gran verdad de la Semana Santa de Sevilla, la profunda verdad del Dios de todos, del Dios que se ofrece, del Dios que se entrega: "Nunca creí que a mi edad, iba a tener que replantearme tantas cuestiones".

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