La ciudad y los días

Carlos Colón

Lo lento es bello

NOS dicen que en los pasados meses de julio y agosto han muerto en la carretera 89 personas menos que en 2007, prolongándose así la reducción de fallecimientos iniciada en 2003; y que para encontrar una cifra de muertes tan baja hay que remontarse a 1964, debiendo hacerse además la positiva salvedad de que entonces había en España dos millones de vehículos y cuatro millones de conductores, frente a los 30 y 25 millones de hoy. Nos lo dijo el ministro del Interior con un doble sentimiento: de esperanza, por la continuada disminución de accidentes, y de tristeza, por las 450 personas que han muerto en las carreteras durante estos dos meses, sumando desde enero un total de 1.502 muertes.

Es lógico que el ministro sienta a la vez esperanza y tristeza porque, si el descenso es una esperanzadora noticia, que 1.502 personas hayan muerto en accidentes de tráfico es una triste noticia que debería hacer que nos planteáramos algunas cuestiones que conciernen muy concretamente a los valores, prioridades o intereses que gobiernan nuestras vidas; e incluso si hay algo que las gobierne o si están teledirigidas por las inducciones ambientales que nos impregnan a través de mensajes consumistas y publicitarios que muchas veces se camuflan como liberadores nuevos estilos de vida.

¿Por qué con tanta frecuencia, cuando rebasamos los 120 km/h preceptivos para hacer un adelantamiento, se nos coloca un coche en la nuca haciéndonos cruces de luces para que liberemos el carril y pueda proseguir a los 140 o 150 km/h que para muchos es la velocidad normal de circulación por una autovía? ¿Por qué cuando estamos a pocos kilómetros de nuestro destino playero hay quien serpentea por la caravana, obligándonos a frenar para hacerle hueco cuando se le viene encima un coche que circula con normalidad en sentido contrario? ¿Qué impulsa al primero a circular a esa velocidad y al segundo a realizar adelantamientos peligrosos que le ahorrarán sólo unos pocos minutos? ¿Qué se les mete en el cuerpo cuando se ponen tras un volante, qué sentimiento de superioridad les contagia su máquina, qué frustración compensan conduciendo así, qué prisa tienen? ¿Por qué además lo empeoran jugando a la ruleta rusa de la distracción mientras conducen?

Además de multarles, la DGT debería obligarles a leer el Elogio de la lentitud del gurú antiprisa Carl Honoré; o a seguir los cursos de alguna de las asociaciones que lideran la rebelión mundial contra la prisa, como la Sociedad para la Desaceleración del Tiempo austríaca, la Take Back Your Time estadounidense o el Sloth Club japonés cuyo lema es Lo lento es bello.

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