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Soplan malos vientos para la españolísima eñe, esa consonante tan coqueta, adornada con su virgulilla, que encarna como ninguna la esencia de lo hispano. Recelosos de su fuerza simbólica, se multiplican sus enemigos internos y externos. Y miren que, lejos de representar un atraso, su propio nacimiento surgió de un alarde de genialidad: fue la economía del lenguaje la que, ya en la Edad Media, impulsó el uso de esta n con su característica tilde como ventajosa alternativa a la doble ene latina. El inmortal García Márquez así lo asegura: la irrupción de la eñe, hija del progreso, implica "un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras". La ny catalana, la gn francesa e italiana o la nh portuguesa testimonian sus respectivas carencias lingüísticas. No es, lo sé, patrimonio exclusivo del castellano: el mapuche, el filipino y el quechua o idiomas más cercanos como el asturiano, el vasco, el gallego o el bretón también la acogieron en sus grafías. Pero, en el inconsciente colectivo, la eñe, cuando aparece, transpira España por los cuatro costados.

Algo de esto, aunque en relación con el bretón, late en el sustrato de una airada sentencia francesa que, en 2017, negó a unos padres el derecho a inscribir a su hijo con el nombre de Fañch. Según los jueces, esa irreverente e ilegítima eñe atenta "contra la unidad del Estado y la igualdad de todos sin distinción de origen". En esta semana, pendiente aún el recurso, el mismísimo Macron ha reiterado su innegociable veto a tamaña herejía.

No es, por otra parte, disputa nueva: recuerden las dificultades que hubieron de superarse para que la entonces CEE abandonara el proyecto de imponer en toda Europa la fabricación de teclados de ordenador sin la eñe. La intervención de la RAE y el pertinente Real Decreto del Gobierno español evitaron aquel atropello.

Eso, que una letra sea capaz de unir y dividir naciones, es pavura que incluso nosotros padecemos. No debe de ser casual que una parte de España no se sienta Cataluña, sino Catalunya, y anhele separarse del resto. La inocente ene con boina, un logro desconocido por la lengua catalana, sirve de asidero en trance de rebelión. Para que luego digan que la ortografía es una antigualla inútil. De ahí el empeño que deberíamos poner en su utilización y en su vigencia: la eñe, poderosa, avanzada y maldita, asombrosamente resume, expresa y visualiza lo que, juntos, queremos seguir siendo.

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