Las dos orillas

José Joaquín León

Los límites de la fantasía

LAS ciudades están en permanente cambio y evolución. Eso es una perogrullada que se sabe desde tiempos remotos. Pero Sevilla vive en los límites de la fantasía. ¿Dónde empieza y dónde acaba Sevilla? Ya no se sabe, pero hay una tendencia a la expansión ilimitada, a la desmesura. En vísperas de la Cabalgata, preguntaron en un programa de radio por qué el cortejo de la Ilusión no había pasado nunca por la carretera de Su Eminencia, ni sus aledaños, ni siquiera por Amate, o por ahí. Creo que tampoco ha pasado nunca por Valdezorras. Pero tampoco parece que sea para acusar de discriminación a Enrique Barrero ni despotricar contra el Ateneo.

En las ciudades históricas siempre se ha considerado que el casco antiguo y las zonas más céntricas son patrimonio y lugar de encuentro para todos los ciudadanos. ¿Dónde está el Ayuntamiento de Sevilla? A pesar de la tendencia descentralizadora del alcalde Monteseirín, permanece en la Plaza Nueva. Y tampoco parece eso un motivo para que se mosqueen en San Jerónimo, ni siquiera en Pino Montano. Tampoco se han mosqueado en Montequinto porque Toscano mantiene el Ayuntamiento de Dos Hermanas en el centro del municipio. Al fin y al cabo, ¿por dónde pasa el Metro?

La tendencia a lo ilimitado se aprecia en todo, muy singularmente en la Semana Santa. Desde hace unos años, la cuaresma sevillana no comienza el Miércoles de Ceniza, como toda la vida, sino la noche de los Reyes Magos, con la función del Señor del Gran Poder. Entre la Esperanza y el Gran Poder estuvo siempre la Navidad sevillana con un frío de madrugadas profundas. Pero luego había un periodo de transición para presentir y sentir otra Cuaresma que se acercaba. Ahora, cuando se cierran las puertas de la basílica en San Lorenzo la noche del 6 de enero, parece que nos vamos a encontrar ceniza a la vuelta de las calles Cardenal Spínola o Conde Barajas. El domingo después de los Reyes, cuando se conmemora el Bautismo del Señor, aquí nos pondríamos la ceniza con mucho gusto. No es que empiece lo que llama la Iglesia el Tiempo Ordinario, sino que aquí ya es extraordinario, es como el primero de Cuaresma.

Con esta tendencia a la fantasía de los límites pulverizados, ¿puede extrañar a alguien que se planteen dejar una carrera oficial irreconocible? Se ha vuelto a barajar la opción (que ya se descartó hace 20 años) de trasladar el palquillo del patíbulo de la Campana a la plaza de la Magdalena, y cambiar el recorrido para llegar por las calles Méndez Núñez o Tetuán a los palcos de la plaza de San Francisco. El año que viene seguramente se quejarán en cualquier emisora de radio por que la carrera oficial nunca ha pasado por la carretera de Su Eminencia. Ni por el Parque Alcosa.

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