La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ya llegó Luis ante la Esperanza

Le dio a la Esperanza la elegancia y la fuerza que esa cara que él ahora mismo está viendo exige

Ya llegó Luis León al Amor por la Esperanza. Ya es eterno. Hubo una coincidencia excepcional gracias a la cual la cofradía de la Macarena que veíamos era distinta, lógicamente, de la que recordábamos de niños, nuestros padres nos contaban y soñábamos viendo las antiguas fotografías de sombreros de ala ancha, gorrillas y mantones. Pero también la misma. Porque conservaba cuatro puentes por los que el tiempo iba y venía a su antojo, trayendo al presente la gloria que hizo la leyenda de la Macarena, permitiéndonos vivir lo que habíamos vivido hacía tantos, tantos años y lo que ni tan siquiera habíamos vivido, pero nos habían contado o nos habían mostrado las fotografías. Esos cuatro puentes con mando que derrotaban el tiempo reinstaurando cada Madrugada y cada mañana de Viernes Santo el esplendor macareno que la Virgen exige tenían y tienen nombres propios: Miguel Loreto, Pepe García, Pepe Hidalgo y Luis León.

Ellos condujeron al siglo XXI la Macarena de Juan Manuel y Joselito, los Álvarez Quintero y Turina, Martínez de León y Núñez Herrera, Torres y Centeno, el Melli y el Pelao, Romero Murube y Juan Sierra, Rodríguez Buzón y Juana Reina, Morales, Gámez Laserna y Braña. En 2002 se nos fue Pepe García, en 2017 Miguel Loreto, en 2019 Pepe Hidalgo y ayer Luis León, el último de aquel cuarteto con mando. Cuando llamó por última vez este hacedor de ascensiones escribí que nosotros por estar allí y verlo entramos en la historia y él en la leyenda.

Tal vez sólo tres personas han entrevisto con tanta nitidez en esta vida pasajera la gloria que les aguarda en la eterna. Juan Manuel cuando creó el universo que multiplica a la Esperanza como si el terciopelo y el oro fueran espejos. Victoria Sánchez Contreras, la valiente limpiadora de San Gil, cuando escondió dos días de mayo de 1932 a la Esperanza en su modesta habitación de una casa de vecinos de la calle Escoberos, durmiendo ella en el suelo para dejarle su cama a la Virgen. Y Luis que, ¡tantas Madrugadas ante Ella!, nos la dio en la noche única entre todas las noches y la mañana única entre todas las mañanas como nadie nos la había dado, llevando a la Virgen con el arte de Juan Manuel y el cariño valiente de Victoria. Uno la vistió y coronó, otra la salvó y Luis le dio la elegancia, la medida, la gracia y la fuerza que esa cara que él ahora mismo está viendo y esos ojos que ahora mismo le están mirando exigen.

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