Cuando llegue septiembre

Pensamos en el momento en que viviremos como antes, pero sin cometer los anteriores errores

Los poetas siempre se han anticipado a la realidad. Y nos han contado la incertidumbre y el amargor de los primeros días de septiembre, ese momento en que las promesas que el verano sembró se rompían. Aunque nos quedaba la esperanza de que todo podría ser mejor, pero desde luego diferente a los días de ocio y aire libre. Sabemos que las decisiones y amores de verano no suelen ser duraderos, aunque siempre hay excepciones. Algunos hemos tenido que decidir nuestro futuro en verano, escogiendo los estudios en los que queríamos o podíamos matricularnos. En los primeros días de septiembre, a veces hemos escrito una carta con la esperanza de una respuesta que convirtiera nuestras ilusiones en certezas. Cuando llegue septiembre, en sentido figurado, es ese momento en el que nos tenemos que enfrentar a las responsabilidades que en la vida nos toca asumir. Y en estos días de primavera entre paréntesis y con un verano incierto, en el que habrá que recuperar la inercia del tiempo atrás, la vida permanece al ralentí, especialmente para los más jóvenes, a los que les está costando acostumbrarse a que la pandemia también va con ellos. Y septiembre, sea cuando sea este año, aparece en el horizonte como un tiempo lleno de promesas de normalidad. Y pensamos en el momento en que podremos vivir como antes de la pandemia, pero sin cometer los anteriores errores. Cada uno deberá valorar en su propio mundo y actividad si esto podrá ser. Quizás pronto, quizás nunca.

¿Aplicaremos las prioridades que la pandemia nos ha revelado como esenciales? Por ejemplo, poner la tecnología al servicio del humanismo y de la igualdad en la sociedad y en nuestras ciudades. ¿Hemos aprendido que todo lo que hemos urbanizado en los últimos cincuenta años no respondía a las premisas utópicas de igualdad con las que nació el urbanismo? Y que hemos convertido un esfuerzo de generaciones de pensadores a la búsqueda del bienestar colectivo, en una manera de segmentar la ciudad y por tanto hacerla más desigual. De una vez por todas, ¿nos dedicaremos a planificar la movilidad urbana con preferencia de los transportes colectivos en las ciudades? Con la certeza de que el trabajo desde casa, en cierta medida es posible, con el consiguiente ahorro en todos los sentidos. Reforzaremos la idea de nueva centralidad por barrios, procurando la proximidad a las viviendas de los servicios públicos, los lugares de ocio y por supuesto los espacios libres. Una ciudad en la que podamos ir caminando a los comercios, en los que encontremos alimentos de temporada, preferentemente de nuestro entorno. ¿Somos conscientes que todo lo que hemos construido no es arquitectura y por tanto no cumple los viejos aforismos de utilidad, duración y belleza, que definen a ese noble arte desde el Renacimiento? Y que tenemos que diseñar las viviendas para permitir una estancia diaria prolongada, que incluyan un lugar para trabajar, individual o colectivo. ¿De verdad lo estamos aprendiendo? Pronto lo veremos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios