Por montera

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Para los lunáticos

DE la Luna se han dicho tantas cosas que si tuviéramos que atenderlas todas no nos quedaría tiempo… para mirar hacia arriba, hacia la Luna. No nos quedaría tiempo para soñar. Miren, se han dado casos de poetas descoyuntados que han tenido que recibir tratamiento para aliviar los dolores de cuello provocados por no dejar de escrutar la noche en busca de inspiración lunar. La Luna toma el sol de noche. Es un barco navegando el océano de la madrugada. Es un huevo de serpiente. Es el ojo nocturno que observa nuestros sueños.

¿Cuándo fue la última vez que usted miró hacia arriba y se dejó embelesar por la blancura fantasmal de la Luna? En estos días vamos con Luna creciente, y dentro de una semana culminaremos en una Luna llena de junio que se abrirá como si se tratara de la flor del azahar de la noche. Le invito a que piense en ella, porque además es actualidad.

La noticia surge porque unos científicos han empleado años en estudiar las rocas que los astronautas de las misiones Apolo trajeron de la superficie lunar. Afirman, en sus conclusiones, que la Luna no es de este mundo, que un gran objeto al que han llamado Theia vino desde fuera del sistema solar y que chocó contra la Tierra; el resultado fue este idilio sideral que se trae nuestro planeta con su satélite. No sé qué pensar al respecto. Los científicos se quitan las portadas de los diarios con la vehemencia que ponen en ser actualidad los deportistas o los famosos. Pero sí creo que el hecho de que la Luna no fuera de este mundo explicaría muchas cosas. Por ejemplo, el nerviosismo de los lunáticos, el frenesí de los amantes, el aullido de los lobos como una música oscura. De un mundo exterior y desconocido, habría llegado la Luna, que sería quien trajo la poesía, el amor y los sueños. La Luna, por tanto, sería una bendición, un regalo que nos fue enviado hace 4.500 millones de años.

La Luna es una moneda de plata sacada del arcón de Stevenson en La isla del tesoro. Es el despertador del licántropo. Es el tapón que permite que la noche sea acuosa y que floten las estrellas. Muchas familias numerosas tuvieron su origen en una noche de Luna llena. Y la Luna llena, ya puestos, es como un As de Lunas. Los griegos la llamaron Selene. Los persas dejaron que fuera su guía.

Está bien, todo es posible. Y aunque la ciencia va arrojando luz sobre ciertas cuestiones, hay misterios que quedan a salvo de toda explicación. Porque la Luna es quien susurra a los enamorados las palabras que conducen al lecho. Es la pila que no se cansa de relatar Las Mil y una noches. Y venga de donde venga, su magia blanquecina es innegable: la Luna es, además, el punto final de esta columna.

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