En tránsito

eduardo / jordá

¿Un mal ejemplo?

Aveces me pregunto si la obsesión por la transparencia no va a hacer imposible el ejercicio de la política. Lord Carington, que fue ministro con Winston Churchill, contaba hace poco, a sus 90 y muchos años, que Churchill fue un político venal que aceptaba encantado regalos de todo tipo y que no tenía ningún problema en dejarse sobornar por quien fuese. Y por si fuera poco, estaba casi todo el tiempo borracho, tanto en el Parlamento como presidiendo los consejos de ministros, porque era un alcohólico incurable que no sabía vivir sin una botella al lado.

Todo esto es muy cierto, y es posible que se le pudieran encontrar a Churchill miles de defectos más -o incluso graves delitos-, pero a pesar de todo esto, Churchill fue quizá -o sin quizá- el político europeo más importante del siglo XX. Con su asombrosa determinación en los meses que siguieron a la derrota de Francia en la Segunda Guerra Mundial, y con su portentosa capacidad de liderazgo en un país que luchaba a solas contra Hitler en pésimas condiciones, y cuando lo más fácil -y lo que mucha gente quería- hubiera sido rendirse sin condiciones ante un enemigo superior, Churchill fue capaz de dirigir la resistencia de Inglaterra y de salvar a este continente. Ahora, en estos tiempos desmemoriados, todo lo que tiene más de diez años -o diez meses- nos parece tan remoto y lejano que creemos que no tiene ya la menor importancia. Pero sin Churchill, este mundo hubiera sido un lugar muchísimo peor de lo que fue. Y nada de lo que ahora conocemos como conquistas incuestionables de la civilización -libertad de conciencia, Seguridad Social, elecciones libres, ayudas al desempleo- hubiera sido posible si él no hubiese hecho lo que hizo en 1940.

Lo digo porque hay una especie de conjura contra los políticos, y aunque haya muchísimos motivos para desconfiar de ellos, o incluso para desear su desaparición, no hay que olvidar que un mundo sin políticos -por muy venales o ineficaces o tramposos que fuesen- sería mucho peor que éste. Porque la alternativa sí que da miedo: narcos, gánsters, especuladores financieros enganchados a la coca y a los Ferraris, fanáticos iluminados que sueñan con erigirse estatuas en todas las plazas, salvapatrias megalómanos... Y sí, ya sabemos que Churchill fue un político muy poco ejemplar, pero al menos fue capaz de salvar nuestro modelo de civilización. El problema de nuestros políticos es que no parecen capaces de salvar ni de hacer nada. Pero ésa es otra historia.

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