la ciudad y los días

Carlos Colón

El mal

NO hace falta recurrir a la historia para saber que el mal puro existe. Basta mirar alrededor. El mal puro es el que se complace en el daño que hace, goza con el dolor que causa, se ensaña con los más inocentes e indefensos, es gratuito, no busca el bien propio sino únicamente el sufrimiento del otro. En estos días está representado por esos padres de Murcia que han torturado a su hijo de 14 meses no se sabe durante cuánto tiempo. Quemaduras, moretones, las dos piernas y un brazo fracturados. Lesiones que, según el delegado del Gobierno, "no eran recientes" sino fruto de "diversos actos de violencia llevados a cabo en un cierto tiempo".

Es imposible imaginar el sufrimiento de esta criatura. No hay justificaciones o explicaciones psiquiátricas, psicológicas o sociales que permitan comprender este horror. Y si las ofrecen se estará ignorando la raíz del problema: la existencia del mal puro y, por ello, irredimible.

Aun si viviéramos en una sociedad perfecta en la que no existieran injusticias, desequilibrios o miserias que pervirtieran o endurecieran a las personas, y aun si las enfermedades mentales se hubieran erradicado, seguiría existiendo este mal que no busca el beneficio de quien lo obra, que no es un medio para obtener un fin, que no nace del deseo de poder o de riqueza, sino de esa "negrura impenetrable" en la que vivía el Kurtz de El corazón de las tinieblas "como en el fondo de un precipicio donde nunca llega el sol". "Vi en su rostro marfileño -cuenta Conrad por boca de Marlow- una expresión de orgullo sombrío, de poder implacable, de medroso terror..., de una desesperación profunda, sin remedio… Gritó con un hilo de voz ante alguna imagen, alguna visión, gritó dos veces, un grito que era apenas un suspiro: -¡El horror! ¡El horror!".

Esto no es literatura en el sentido débil y engañoso que dan a esta palabra quienes la desprecian, sino en su sentido fuerte y cierto: "el lugar por antonomasia del conocimiento de uno mismo y del otro" (Antoine de Compagnon). ¡El horror! Hay que legislar teniendo en cuenta que el mal existe más allá de las habituales circunstancias sociales corregibles o de las patologías curables, como pura complacencia en el dolor y el sufrimiento de los otros, como ensañamiento sin causa ni objeto, como absoluta carencia de compasión y de empatía incluso en la relación entre adultos y niños, entre padres e hijos. Espero que, de establecerse la culpabilidad de los padres, caiga sobre ellos todo el peso de la ley, que en España es tan leve. Y que el bebé, si sobrevive, sea dado en adopción garantizando que los padres jamás puedan dar con él.

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