Adela Muñoz Páez

8 de marzo: camino sin vuelta atrás

UN año más se celebra el día de la mujer trabajadora y entre crisis y escándalos de corrupción, parece que todos están de acuerdo en celebrar la efeméride. Hay tal unanimidad que parecería que ya no hay motivo para seguir manteniendo tal día, al menos en la parte afortunada del globo terráqueo. Sin embargo, en la otra parte del mundo, donde vive más de la mitad de la población, las mujeres siguen siendo ciudadanas de segunda. Así por ejemplo en la legislación iraní, que no es de las peores, una mujer vale la mitad que un hombre en cuanto a testimonio en un juicio, indemnización o a efectos de herencia. En otros países a las mujeres se les niega el derecho a la salud e incluso a la vida. Así, en la China y en la India se practican de forma sistemática abortos e infanticidios selectivos de niñas que han desequilibrado significativamente el número de niños y niñas, por lo que según el censo realizado en 2011, en la India hay 914 niñas por cada 1000 niños por debajo de los seis años. Por otro lado, en varios países del África subsahariana a causa de la falta de cuidados, la tasa de mortalidad de las niñas en los primeros años de vida es mucho mayor que la de los niños; a muchas de las que sobreviven les espera la terrible mutilación genital, que causa traumas físicos y psíquicos indelebles e incluso la muerte. No es algo anecdótico, pues la han sufrido más de 70 millones de mujeres africanas y la siguen sufriendo entre 2 y 3 millones de niñas cada año.

A pesar de lo terrible que puede parecer esta situación hay motivos para alegrarse, pues hasta hace muy poco ni siquiera teníamos conocimiento de estos abusos. En los últimos tiempos los medios empiezan a hacerse eco del genocidio silencioso de niñas y fetos femeninos y hace tiempo que la ablación del clítoris ha dejado ser considerada como una "peculiaridad cultural". A comienzos de 2013, la escritora estadounidense Eve Ensler ha hecho un llamamiento para frenar la violencia contra las mujeres, One billion raising, en el cual ha intentado que un número similar al de las mujeres agredidas o violadas, bailara en su honor en ciudades de todo el mundo en un acto celebrado el 14 de febrero.

Pero la violencia contra las mujeres no va a desaparecer por los llamamientos que se hagan desde nuestro feliz Primer Mundo, ni tampoco por un mandato de la ONU. Tienen que ser las propias sociedades que la sufren las que la arranquen. De entrada esto parecería imposible, pero de nuevo el poder de las nuevas tecnologías junto con la valentía de unas cuantas mujeres, ha hecho posible lo muy improbable, y en los últimos meses en varios países que están a la cola en los derechos de las mujeres ha empezado a oírse un clamor para que las cosas cambien.

El 9 de octubre tuvimos conocimiento de que a Malala, una niña de 15 años de un apartado valle de Pakistán, un talibán le había disparado varias veces, una de ellas en la sien, por defender su derecho a ir a la escuela. Malala vivía en el inaccesible valle de Swat, en la frontera entre Afganistán y Pakistán, donde los talibanes nunca habían sido vencidos. El padre de Malala tuvo la veleidad de querer educar a sus hijas como si viviera en un país democrático y animó a Malala, cuando la niña sólo tenía 11 años, a escribir sobre su vida en la escuela y su miedo a no poder asistir a ella. Los textos de Malala fueron publicados en forma de blog por la BBC, manteniendo su identidad oculta. Pero el éxito internacional del blog terminó por descubrirla y Malala fue amenazada de muerte, a pesar de lo cual no dejó de ir a la escuela ni de escribir en el blog. Tras el atentado incluso los más recalcitrantes clérigos paquistaníes lanzaron una fatwa contra sus agresores. Malala, que ya está prácticamente recuperada, es la candidata más joven al premio Nobel de la Paz y todo el mundo tiene conocimiento de las terribles condiciones de vida de las mujeres y niñas de esa tierra agreste, la más bella del mundo para la joven Malala.

Un par de meses después tuvimos conocimiento de la salvaje violación y asesinato de una joven en la vecina la India. Este hecho no era nada excepcional, lo inusual fue la ira que desató en este país, donde las manifestaciones multitudinarias, de mujeres y también de hombres, para poner fin a la impunidad de los violadores se sucedieron durante varias semanas.

Hay un largo, larguísimo, camino por recorrer para erradicar las múltiples formas de violencia contra las mujeres. En el Primer Mundo ese camino empezó hace algo más de un siglo y aunque quedan muchas batallas pendientes, es mucho lo conquistado. En los países emergentes y en el Tercer Mundo ese camino lo acaban de empezar un puñado de mujeres y hombres valientes. Es un camino difícil y doloroso, pero no tiene vuelta atrás.

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