La ciudad y los días

carlos / colón

Una mesa, buen café y libros

ME emocionó leer estas palabras de George Steiner en la entrevista que les comentaba anteayer: "Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros". Lo comparto. Lo practico. Me lo enseñó mi padre como él solía enseñar las cosas: haciéndolas. En Tánger, los sábados me llevaba al Café de París, al que él acudía todos los días con un libro entre periódicos doblados. Se preocupaba de que llevara algunos tebeos o algún libro de la colección Historias o de Le Livre de Poche Jeunesse. Antes, remontando el Boulevard, nos parábamos en la Librairie des Colonnes de los Gerofi, a la que fue fiel desde su inauguración en 1949 hasta que dejamos Tánger en el 63, y si había suerte me caía algún libro de regalo. Seguíamos hasta la plaza de Francia y nos sentábamos a leer en la terraza del Café de París. A veces se levantaba para poner en la enorme máquina de discos Petite fleur, de Sidney Bechet; Les enfants du Pirée, de Melina Mercouri; Diana, de Paul Anka; Milord, de la Piaf o Les feuilles mortes, de Montand. Entonces estas canciones eran éxitos populares. ¿Me permiten la nostalgia?

En casa me gustaba hurgar entre sus libros, intentando leerlos con más confusión que éxito. Recuerdo muchos -casi todos en francés- que, por desgracia, están ahora entre los míos: Merton, Bernanos, Green, Camus, Mauriac, Greene, Faulkner... Ahí me tenían, intentando leer Le signe de Jonas o Lumière d' août solo porque lo veía a él leerlos en la terraza del Café de París y muchas tardes maravillosas, en este caso también con mi madre, en las terrazas escalonadas del Café Hafa: la ciudad blanca a nuestros pies, el Estrecho azul ante nosotros y tres vasos de humeante té verde con mucha hierbabuena y azúcar en la mesa. Allí nos quedábamos hasta que caía la tarde y se oía el canto de los muecines desde las mezquitas del Zoco Chico y el Marchan.

Continuó con su costumbre hasta sus últimos años de vida. En Sevilla en el Laredo o La Ponderosa, a diario, y en primavera en la terraza de Las Maravillas. Le encantaba leer allí y después hacerle una visita al Señor. Porque también me enseñó que entre libros y devociones no existe esa incompatibilidad que algunos inventan. Sobrado de razón está el admirado George Steiner: "Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros". Mi padre me lo enseñó ejerciéndolo. Y yo he procurado enseñárselo a mis hijos.

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