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Rafael Padilla

Que no nos mientan

ES un lugar común que de la gran crisis de la primera mitad del siglo XX nos sacó la guerra. Lo que ya no resulta tan obvio es cómo. La industria bélica que puso en marcha o la pérdida de población derivada del conflicto, aun relevantes, no son causas que expliquen suficientemente tal efecto. En mi opinión, éste se entiende mejor desde la psicología de masas que desde la economía. Lo que probablemente ocurrió es que la ciudadanía comprendió la necesidad de afrontar sacrificios extraordinarios y los realizó en la esperanza de ganarse su futuro.

La actual coyuntura es, si no más, tan diabólica como aquélla. La diferencia estriba en que hoy es impensable una salida semejante a la de entonces. Pero sí nos sería de enorme provecho recordar y aplicar el mismo espíritu que alentó aquel admirable esfuerzo de supervivencia. No se me oculta, sin embargo, la complejidad de interiorizar la incalculable gravedad de lo que nos pasa sin una hecatombe inobjetable, manifiesta, palpable. Y menos si todavía restan voces torticeras que prometen y reclaman lo imposible. Habría que partir, pues, de la verdad desnuda: el Estado de bienestar del que hemos disfrutado ha muerto y jamás renacerá; tenemos que encontrar respuestas al reto que nos plantea un mundo inevitablemente peor.

No podemos seguir dando crédito a aquéllos que, por conveniencia suicida o ignorancia perversa, le cuentan al pueblo cuentos pueriles. Todos estamos convocados a la penosa labor de encarar nuestra dura realidad y de aportar lo que cada cual pueda. Miente quien apalabra jaujas de pensiones subidas y sueldos aumentados. Miente, también, quien, con dudosa convicción, garantiza líneas rojas, falsamente intraspasables, en ningún ámbito. Mienten, incluso, cuantos dan aire y apoyo a reivindicaciones egoístas, minúsculas, insolidarias como poco, en una sociedad tan críticamente enferma.

Si la política es el arte de lo posible, nuestros políticos tienen la obligación inexcusable de informarnos verazmente sobre el margen exacto que nos va quedando. Ni campañas electorales, ni juegos de poder, zurdos o diestros, pueden contribuir a alejarnos de ese estado de conciencia colectiva que nos urge y que, como ocurriera otrora, quizás nos otorgaría alguna opción.

Lo que menos necesita esta España moribunda son mentiras de mal médico. Dígannos qué podemos salvar y qué no. Pídannos renuncias justas y razonables. Dibújennos un programa de prioridades equitativas. Porque no somos imbéciles, porque tenemos derecho a administrar nuestro presente con todos los datos encima de la mesa, porque ofende nuestra libertad tanta patraña que nos pretende embobados y dóciles mientras Roma arde.

Llegan tiempos muy difíciles y nos servirá deslealmente quien, desconfiando de nuestra fuerza y orgullo, se empeñe en ocultarnos un horizonte que, por oscuro que amenace, sólo a nosotros nos pertenece.

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