Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Casi mil palabras

HAN cubierto guerras, Juegos Olímpicos y mundiales de fútbol. También ruedas de prensa, claro. Se reúnen todos los años y les une una amistad que es casi una ética gremial. No hay vacas sagradas y ovejas negras. No avasallan con el currículum. En pocos oficios los que empiezan, desorientados, encuentran un calor similar. Y eso que su trabajo consiste en pelear denodadamente por un espacio físico, el único desde el que su perspectiva les dará el resultado que buscan. Los fotógrafos tienen una desenvoltura casi gimnástica y, como los futbolistas geniales, buscan el ángulo insólito.

Me honran desde hace años con el regalo de invitarme al ágape anual. El oficio empieza a llenarse de mujeres: Conchitina, Esther Lobato, Cristina Quickler. También en este terreno de lo políticamente correcto ellas no necesitan de ningún preámbulo de cortesía para que se incorporen en pie de igualdad. Sus compañeros forman una isla en tiempos de sálvese quien pueda.

Junto a la estación de autobuses del Prado de San Sebastián había una legión de fotógrafos que parecían prestos a iniciar un largo viaje por esos destinos de vega y serranía, de alcores y marismas. Sería hermoso verlos competir en una competición fotográfica similar a la que Richard Brooks ideó en la película Muerde la bala para premiar al jinete más rápido de las praderas. Son los disparos más pacíficos. Yo llegué avalado por la trayectoria de mi paisana Cristina García Rodero, ojos manchegos a quien el cambio de año cogió entre Togo y Etiopía. Escribir es una vulgaridad, llegas a pensar. Salvo que concibas la palabra como una herramienta llena de imágenes. Lo que es. En caso contrario, Cien años de soledad sería un tratado de botánica y Volverás a Región un manual de ilegible cartografía.

Los miraba y veía que fui iniciador de algunos de ellos: Antonio Acedo tuvo su puesta de largo profesional en los autobuses nocturnos donde el volante es la batería de un compositor de blues; con Sergio Caro crucé el Guadalquivir para descubrir en Machango, frente a la ribera de Coria, personajes que parecían salir de una novela de Lowry. Javier Díaz vino conmigo a una boda en la iglesia de la Veracruz filmada por un equipo de la BBC para una serie de reportajes con guión de Ian Gibson.

Me senté entre Miguel Ángel León, en buena parte promotor del invento, y Marcelo del Pozo, a quien no le ha podido ir mejor el año 2008: ganó el premio Andalucía de Periodismo, le confirmaron su próxima paternidad y la agencia Reuters lo mandó a cubrir los Juegos Olímpicos de Pekín. Se reía con mi observación: lo que más me gustó de Pekín 2008 fue Cuenca. La ciudad que acababa de conocer el día que España ganó la primera medalla.

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