Su maestro en el oficio, el cura vasco Manuel de Unciti, creía que era mejor persona que periodista -lo que no deja de ser un enorme elogio-, pero se equivocó. Es cierto que, como el propio Paco Correal ha comentado alguna vez, sólo ha dado una exclusiva en su vida (en el periódico Lanza de su Puertollano natal), pero también lo es que milita con extraordinaria brillantez en ese género periodístico tan cultivado en España desde San Larra: la crónica de lo cotidiano. Paco Correal, Paquiño para sus compañeros más viejos, no usa moleskine ni estilográfica de postín. Un bloc franciscano de anillas, un bolígrafo cualquiera, unos zapatos cómodos y una gorra de guardameta antiguo son todas sus herramientas. Como Chaves Nogales, sabe que las claves de este oficio son andar y contar. Apocalíptico como el Beato de Liébana, ludita furioso, su relación con los ordenadores es harto conflictiva, y si ha conseguido sobrevivir en los tiempos del Big Data es gracias a una constelación de asesores informáticos compuesta principalmente por los compañeros de redacción y su paciente prole.

Ver trabajar a Paco es un espectáculo. Llega a la mesa, abre su cuaderno escolar del que emerge una caligrafía incomprensible y, antes de escribir la pieza de corrido, adopta durante unos largos y silenciosos minutos la postura meditabunda del Pensador de Rodin. Es en ese momento cuando se deben producir las millones de conexiones neuronales que conforman su estilo personalísimo, el correalismo mágico, un glorioso batiburrillo de referencias enredadas en las que aparecen futbolistas, toreros, curas rojos, gobernadores civiles de camisa azul, ediles socialistas, gorrillas, novelistas o prostitutas callejeras. Y todo para comentarnos una mañana en el mercadillo de El Jueves o un paseo en la línea 1 de Tussam.

Paco Correal es más de escribir que de hablar. Es capaz de hacer en un día una entrevista a una cupletista, el obituario de un sindicalista de la Transición, una contracrónica de un partido de fútbol y un reportaje de ambiente de un festolín cualquiera (todos son iguales). Sin embargo, uno puede acercarse a él, largarle una perorata sobre cualquier asunto y por toda contestación toparse con su famoso y cantarín: "¿Ah, sí?" Punto y final. Sólo algunos días, este flaneur de barrio con alma de atleta de pueblo, se muestra expansivo con la charla y lo hace a la manera de sus artículos, trufándola de azares y estadísticas delirantes, retruécanos y mucha bonhomía.

Ahora, el Ayuntamiento de Sevilla le ha concedido la medalla de oro de la ciudad, pero el mejor premio es la alegría con la que todo el periodismo local, esa isla de filibusteros, ha acogido la noticia, sin envidias ni banderías. Eso sí es que es un milagro.

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