El misterio de la flor tronchada

Reconciliado, en paz, agradecido, el jardinero comprende el misterio de la bella flor tronchada

En el pequeño huerto que procura cuidar como si de una imagen de su propia vida se tratara, al caer la tarde el jardinero encuentra tronchada su flor predilecta, la más hermosa. Pero hoy no ha habido tormenta ni levante, el sol ha brillado estos días con la especial luz que sólo septiembre le presta, y los ardores de las largas semanas previas han sido ya mitigados con el alargamiento de las noches. La flor, que mientras crecía e iba adquiriendo su perfección soportaba sin fatiga el embate de los elementos que a tantas otras hizo sucumbir, ha caído inesperadamente en su mejor hora, en plenitud.

El hombre, sorprendido, confuso, busca al culpable. Quizá aquel pájaro, o ese pequeño animal que acecha sus idas y venidas desde el soto... Tal vez alguien al pasar extendió descuidadamente o con malicia su mano. Pero no hay huella ni señal alguna que delate presencias sobre las que descargar la ira. Vuelve, pues, su disgusto sobre sí: ¿no debía haber labrado algo más aquel rincón del huerto?, ¿no escatimó alguna vez, en plena canícula, el agua necesaria?, ¿no podía haber abonado en exceso o tal vez demasiado poco? Mientras así se aflige, toca y remueve con la mano la mullida y agradecida tierra que nutre la planta. No, no pudo ser esa la causa, y al mismo tiempo que siente alivio por ello, ve cómo crece en él un desasosiego que ya no es sólo por la flor perdida, también porque el jardín de sus desvelos le ha empezado a producir una aflicción que si nace de la pena denota quizá hastíos y desencantos más hondos.

Mira una vez más la maravillosa flor tronchada, aún tan bella, pero ya rendida, y con dedos temblorosos quisiera recomponer el tallo allí donde lo ve quebrado. Le sorprende entonces, mientras palpa el cáliz, la consistencia, la densidad del núcleo de lo que a la vista es sólo color y ligereza perfumada. Allí en lo secreto se suceden y apiñan capas y más capas de suaves pétalos, señales de una vida riquísima y concentrada, invisible para él, de la que la belleza que le seducía es apenas una manifestación exterior. El jardinero adivina al fin que es la propia magnificencia de su flor escogida la que ha quebrado el tallo, tan frágil en ella y en todas, que la sostenía. Con ambas manos recoge la flor y aspira por última vez toda su fragancia. Reconciliado, en paz, agradecido, comprende el misterio de la bella flor tronchada.

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