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Qué misterio

Al terminar el pasadizo bajo la montaña encontró que, en esa vía exánime, le esperaba un viejo tren muerto

Salió a caminar por los hermosos prados verdes que a diario recorría y en los que pastaban siempre las mismas vacas. Como el discurrir le resultaba ya monótono, optó por desviar su paseo. Quería una nueva emoción. Ya conocía las casitas de los vecinos y sus trucos de las parcelas alambradas para evitar la invasión de los jabalíes. Eligió tirar por el camino de la derecha traicionando el habitual. A los pocos metros se entusiasmó al descubrir una vía de tren muerta. En la vieja estación algunos semáforos destellaban una luz roja por lo que creyó que algún tren podría llegar en cualquier hora en punto. No había barra levadiza que impidiera cruzar. Pensó que era paso habitual de esa diminuta aldea ubicada en medio de un paraíso perdido en medio de las montañas. Los raíles estaban oxidados por la inactividad. Y los travesaños de madera abrigados por los verdes flecos de las yerbas. La niebla y el orvallo eran sus inseparables. El túnel podría ser largo, pero también corto, porque la curva y la oscuridad no le permitían ver la gruta. Aun con la duda, se introdujo en la galería. Cuando llegó a estar en la curva del corredor no podía ver ni la entrada pero tampoco la salida. Así que tomó la decisión de atreverse a investigar cómo acabaría ese viejo tubo de piedra. A mitad del pasaje escuchaba su propia respiración amplificada en la bóveda. La intriga de su destino se incrementaba. No sabía cuántos metros tendría el paso ni cuándo volvería a ver la niebla. La curva del subterráneo empezó a enderezarse y ya pudo ver el ojo final. Se irguió tomando seguridad sobre sus pasos y pudo recuperar la visibilidad hasta hacerle resentir los ojos . Retomó, ya orientado, con firmeza su paseo. Al terminar el pasadizo bajo la montaña encontró que, en esa vía exánime, le esperaba un viejo tren muerto.

Parado desde no se sabe hace cuántos años, oxidadas sus ruedas y hasta el techo. Todos los cristales de las ventanas habían desaparecido. Al convoy se lo estaban engullendo la naturaleza. Todo el interior lucía de color gris. Nada delataba que ese viejo tren fuera refugio de vagabundos. Sus pisadas crujían por los cristales de las ventanas hechos añicos, desmigajados como pequeños diamantes por el suelo. Ahí había habido mucha vida, sin duda. Tantas historias de pasajeros como las que su alma pudiera relatar. Pero el tren no estaba muerto. Todo su esqueleto había sido pintado por sensacionales obras de arte inmersas en la naturaleza. Ese tren a quien mató el tiempo era una reliquia. Parecía muerto al final de su vía eterna.

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