La esquina

josé / aguilar

El mito del absentismo

POR primera vez el absentismo de los empleados públicos españoles fue inferior al de los empleados del sector privado. Bueno, por primera vez sólo desde 2005, que es cuando el Instituto Nacional de Estadística empezó a separar los datos de ambos colectivos en cuestión de ausencias del trabajo, aunque es probable que la situación inversa no se hubiera producido nunca hasta entonces.

En realidad las cifras se mantienen parejas. Durante el tercer trimestre de 2012 la tasa de absentismo de los asalariados públicos, por enfermedad, accidente o incapacidad temporal, se quedó en el 1,75%, mientras que la de los asalariados por cuenta ajena fue del 1,76%. Prácticamente lo mismo, pero en los primeros eso suponía una caída de más del 40% en relación con el absentismo de hace cinco años.

La disminución del absentismo en el sector público tiene bastante que ver, en efecto, con la crisis y sus ajustes y reformas. Por un lado, todos los asalariados han entendido que el trabajo es un bien escaso y preciado que no conviene arriesgar escaqueándose más de la cuenta (cuenta que ahora es mucho más estricta que antes). Por otro, la reforma laboral dio facilidades a la Administración para despedir por poco dinero a sus empleados que faltaran reiteradas veces a la oficina, aunque fuera con justificación. Por último, también se ha ajustado -hacia abajo, claro- el sueldo de los empleados de baja por enfermedad: antes percibían toda su retribución durante tres meses de ausencia y ahora se han de conformar con el 50% los tres primeros días y el 75% hasta el vigésimo. Este cambio no incita precisamente al absentismo picaresco o desahogado.

Estamos hablando, en todo caso, de faltas al puesto de trabajo de cuantía insignificante, tanto en la función pública como en el sector privado. A las cifras me remito. El del absentismo laboral de los españoles es, antes que nada, un mito que se resiste a la evidencia desde hace mucho tiempo. Procede de una combinación de factores: los influyentes tópicos de la hidalguía hispana y el rechazo a la cultura y la ética del protestantismo productivista, el exhibicionismo y descaro de nuestros absentistas -los hacen parecer más de los que son-, malos hábitos en la actividad económica tan asentados como los puentes laborales y unos horarios descabellados e irracionales.

Lo que sí es cierto es que trabajando tanto como los otros países, o más, y con poco absentismo, nos cunde poco, no somos competitivos. Pero es por otras causas.

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