Cuchillo sin filo

francisco Correal

e l molino de a ntonio p érez

Auno y otro lado del río preparaban la fiesta de la Virgen que hoy marca el final de la quincena y en parte el crepúsculo de los dioses del verano. Dos mujeres se afanaban en engalanar la humilde iglesia de Castro Marim. Como en Vila Real de Santo Antonio aparqué el coche en la calle Eça de Queiroz, el destino me regaló una joya en la lectura del Credo en portugués. Las dos portuguesas seguían con sus afanes y yo leía el tuétano de la Ascensión en puertas de la Asunción: "Subiu aos Ceus". Hermoso maridaje entre los cielos del cristiano y los helénicos, el Zeus de aquellos griegos que hace nueve años ganaron la Eurocopa de Portugal.

En la iglesia de San Sebastián de Villablanca también están de zafarrancho. La semana próxima es fiesta local, que coincide con la 34 edición del certamen internacional de Danzas en este pueblo de Huelva mecido entre pinares. Aquí son dos hombres los que trabajan a destajo. Han descolgado el valioso retablo y también los dos crucificados, que permanecen yacentes por imperativos de andamio. El que tiene más aire de currante es el cura párroco. Se llama Agustín, es extremeño y sustituyó al que dirigió las obras de restauración de 2006, que ahora ejerce en el playero destino de la Redondela. Imagino que el papa Francisco, al que acabamos de ver entre selecciones campeonas del mundo, tendrá en su agenda una próxima visita al país que actualmente detenta el cetro del balón. Cuando Bergoglio venga a España le deberán incluir un a visita a Villablanca. En este pueblo nació el 30 de julio de 1730 Manuel Azamor y Ramírez, un huelvano que en la segunda mitad del siglo XVIII llegó a obispo de Buenos Aires, predecesor por tanto del actual pontífice.

Tienen Castro Marim y Villablanca sendos molinos que ya he incorporado a mi acervo sentimental. El primero es un faro quijotesco de un denominado Jardín Andaluz. En este lusitano y frondoso vergel hay un oasis para el aperitivo. Nos atiende la misma muchacha que minutos antes nos vendió un paquete de la reputada sal local en el castillo medieval. Orgullosa de su ubicuidad, dice que es como el arroz dulce, que está en todos sitios. Allende el río, camino de la ermita de la Blanca, está el molino de Antonio Pérez. Punto de encuentro de los cicloturistas que hacen la ruta de la Blanca. Nunca olvidaré ese molino y sus homónimas albricias: allí, entre las aspas que miran al Andévalo y al Alentejo, se le cayó a mi hijo su segundo diente y propició la visita del ratoncito Pérez, ese roedor molinero.

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