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rafael / sánchez Saus

La moneda del billón de dólares

PASEABA hace ya muchos años por la sevillana Plaza de España y un amigo me hizo notar que la construcción de todo aquello que veía, fruto de la Exposición de 1929, seguía siendo objeto de un pequeño impuesto municipal en forma de recargo en no sé qué tributo. Recuerdo que al joven que era le sorprendió e incluso indignó el descubrimiento de que, más de cincuenta años después de tan celebrado acontecimiento, hubiera que seguir pagando sus consecuencias económicas, aunque tan leves.

Me venía esto a la memoria hace unos días cuando acertaba a leer en estas páginas, confieso que al principio sin comprender nada, la noticia de que en círculos económicos y políticos demócratas de los Estados Unidos se baraja la posibilidad de acuñar una única moneda de platino con un valor facial de un billón de dólares. Al parecer, esa acuñación se ampararía en la ley que permite producir monedas para coleccionistas, y con esa única supermoneda, depositada en la Reserva Federal, podría respaldarse la asunción de deuda pública por ese valor y burlar así el control republicano de la Cámara de Representantes, contraria a su incremento. Jerrold Nadler, congresista demócrata, ha declarado que la idea "suena estúpida, pero es absolutamente legal". Así pues, el gran embeleco del endeudamiento sin límite podría mantenerse, también sin límite, para ruina de las generaciones futuras y satisfacción de las necesidades, reales o imaginarias, de la presente y sus insaciables mandatarios. ¿Cuánto tardaría en acuñarse la segunda moneda del billón? ¿Y la primera de diez billones?

Cuando uno sabe de las críticas y condenas que hubieron de sufrir tantos reyes del pasado, empezando por nuestro Alfonso el Sabio, por leves alteraciones en la ley de la moneda, y conoce estas maquinaciones puede adivinar el juicio que sobre esta edad y sistema económico harán nuestros hijos y nietos, herederos inevitables de nuestros pufos y de la errónea y siniestra visión de la vida que los originan. La gran mentira, la estafa sobre la que se funda tanta insensatez asoma de vez en cuando su peluda pata por debajo de especulaciones como la de la moneda del billón. Esta generación no se conforma con disponer irresponsablemente de todos los jugos del presente: la tentación es extender la mano sobre el trabajo y los bienes de quienes aún no han nacido. Que paguen ellos.

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