¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La morada del loro

La Torre del Oro, que cumple 800 años, tiene algo de obra de Botero, de picador orillado, de señora que retuvo

La Giralda y la Torre del Oro recuerdan a Laurel and Hardy. A la segunda, que dicen que cumple ahora 800 años, siempre le tocó el papel más simpático, como a casi todos los orondos en la literatura y el cine, desde Falstaff a Sancho Panza. Esta jovialidad de la torre albarrana del Guadalquivir se refuerza con el equívoco que todos los niños sevillanos tienen con su nombre al llamarla la Torre del Loro; es decirlo e imaginarla como la morada de un gran papagayo centenario venido de alguna geografía secreta de las Indias. La imagen tiene algo de surrealista, como todos los cuentos infantiles, y forma parte del conocimiento mítico que todo párvulo va adquiriendo de la ciudad. Es difícil pasar por los pies de esta fortificación sin sentir un sutil recuerdo chaval, como cuando vemos un belén de chocolate en el escaparate de una confitería.

La Torre del Oro tiene algo de arquitectura de Botero, de picador orillado, de señora que retuvo. Ayer, en estas páginas, Marcos Pacheco Morales-Padrón recordaba el importante papel que desempeñó el monumento en la defensa de la Sevilla almohade frente a la flota del almirante Bonifaz, aunque de poco sirvieron finalmente las saetas moras ante el empuje rubicundo de los cántabros, que aún la exhiben en los escudos de sus villas como trofeo simpar. Ya se sabe la fascinación que siempre tuvieron montañeses y jándalos por el Bajo Guadalquivir y sus voluptuosidades.

El actual oficio de la Torre del Oro es el de museo de la Armada y gabinete de maravillas navales. En esta, hoy se amontonan quijadas de tiburones, boyas, mascarones de proa, nudos marineros, pabellones, cañones, maquetas de barcos históricos y todo tipo de efectos marinos que le da a sus dependencias un aire de almacén antillano y de panteón donde flota la memoria de Ulloa, Álvaro Mutis, Stevenson o Gravina. Hubo un tiempo, allá por los noventa, que el museo lo mandaba un marino con nombre sacado del santoral de la Restauración: don Melquiades, más aficionado a la caza menor por el agro andaluz que a la navegación por los siete mares. Eran los alegres años de la juventud y allí hacía la mili el fotógrafo y agricultor Falique Moreno, que nos colaba en el llamado Camarote del Almirante (pocos saben que la Torre del Oro es el hotel con más encanto de la ciudad) y nos subía a lo más alto de la Torre, desde donde se intuían las cercanas marismas y, más allá, el océano -el camino de la ballena, como le dicen en las sagas islandesas-. De aquellos días nos queda el buen recuerdo de una cierta y breve intimidad con la más rolliza de las maravillas sevillanas, a la que los 800 años le han sentado de maravilla. Felicidades.

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