Manuel Gracia Navarro

Catedrático de Filosofía

En la muerte de Javier Muguerza

Su mayor contribución fue su firme defensa del diálogo como base de una concepción moral

Andaba yo atareado en la escritura de unas hojas de recuerdos sobre los muchos años transcurridos entre mi adolescencia y hoy, vivencias desde mi toma de conciencia política hasta la actualidad, cuando me ha sacudido la noticia de la muerte de Javier Muguerza, Catedrático emérito de Ética de la UNED, fundador del Instituto de Filosofía del CSIC, y maestro de muchos, entre los que me cuento.

Corría el año 1965 cuando, siendo alumno de José Luis López Aranguren, conocí a Javier Muguerza. Estudié con él en el Centro de Investigaciones Sociológicas en el que tuvo que refugiarse Aranguren tras ser expulsado de la universidad franquista. Colaboré con él como profesor ayudante de clases prácticas en la Facultad de Ciencias Económicas y Políticas de la Universidad de Madrid, y bajo su dirección realicé mi tesis de licenciatura, y comencé la elaboración de mi tesis doctoral.

En aquella universidad, en la que recibíamos clases de Historia de la Filosofía de un catedrático que las impartía frecuentemente con el uniforme - correajes incluidos - de consejero nacional del Movimiento, en la que otro catedrático, en este caso de Antropología, hacía aseveraciones tan sólidas como que "el pecho de una mujer negra es mil veces más turgente que el pecho de una mujer blanca", profesores como Muguerza no tenían sitio. Tan es así que, durante el estado de excepción de enero del 69, fue deportado lejos de Madrid junto con muchos más profesores y opositores a la dictadura.

Con el tiempo, y de la mano de Emilio Lledó, obtuvo la cátedra de Filosofía en la Universidad de La Laguna, donde, como ha escrito Juan Cruz, significó la llegada de un torrente de libertad de pensamiento, fecundando las inquietudes de un alumnado que aún hoy lo recuerda con admiración y afecto. Muguerza introdujo en España la filosofía analítica y algunas de las corrientes más humanísticas del pensamiento marxista, pero sobre todo, generó una dinámica de diálogo entre líneas de pensamiento muy dispares, que marcaron toda su abundante obra. Desde La razón sin esperanza hasta Desde la perplejidad, su último libro, pasando porÉtica, disenso y derechos humanos, toda su obra es una permanente puesta en práctica de esa concepción clásica de la filosofía como la búsqueda constante de preguntas más que el hallazgo definitivo de respuestas.

Pero quizá la mayor contribución de Muguerza radica en su firme y ejemplar defensa del diálogo y el disenso como bases de una concepción moral que, aunque basada en la razonabilidad, se abre a otras dimensiones de lo humano, con toda su complejidad, con todas sus contradicciones, con todas sus luces y sus sombras. Su vida y su obra son un ejemplo de coherencia personal, de defensa de la rabiosa libertad individual de pensamiento, y de búsqueda incesante de una ética civil válida en estos tiempos oscuros que atravesamos. Por todo ello merece ser leído y ser recordado.

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