opinión

Rosalía Gómez

Una muerte mil veces conjurada [en el escenario]

ES curioso cómo de la ingente y ecléctica producción de Rolad Petit, que abarca desde el neoclasicismo más clasicista hasta la comedia musical americana, tal vez sus obras más universales y representadas sean la Carmen de Bizet, de 1949 (con más de cinco mil representaciones en estos 60 años) y Le petit homme et la Mort (El joven y la Muerte), una hermosísima e íntima pieza, con libreto de Jean Cocteau y música de Bach, convertida ya en uno de los grandes clásicos de la coreografía del siglo XX. En la primera, creada para su esposa Zizi Jeanmaire, Petit interpretó muchísimas veces al español Don José, un hombre en cuyos ojos se veía pronto la muerte como única salida a su dilema amoroso y existencial. En la segunda, de 1946 (aunque fue la versión televisiva de 1966, con un pletórico Nureyev -no se lo pierdan en YouTube- la que le confirió la mayor celebridad), un joven, impregnado del existencialismo francés de la época, acaba por suicidarse tras recibir la visita de una mujer. Vista la pieza, una pequeña obra maestra, desde nuestros días, el claro anuncio de una muerte inevitable -en un proceso maravillosamente contado y teatralmente construido y bailado- hacía ya intuir de algún modo la muerte actual de la narración y de la danza danzada, invadida por una desorientadora No Danza difícil de clasificar. Sin embargo, su influencia directa en muchos de los creadores de la danza llamada contemporánea -en las Histoire(s) de la española Olga de Soto, de 2004, en Rachid Ouramdane y en tantos otros- ha logrado, nueva paradoja, que, a pesar de su muerte física, el arte de Roland Petit haya conjurado a la muerte una vez más, perpetrado una peculiar fuga hacia la vida y hacia la danza del siglo XXI.

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