La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La muerte de un periodista

Hoy veo a Tomás Balbontín enredado en la enésima polémica con el genial dibujante Rafael Calderón

Tomás Balbontín

Tomás Balbontín

Recuerdo cuánto costó llevarlo engañado al restaurante de Enrique Becerra de la calle Gamazo aquel mediodía de diciembre para que apareciera por sorpresa Soledad Becerril, entonces alcaldesa, y le entregara un pergamino por llevar 25 años seguidos como informador de la vida municipal. No puedo olvidar los viernes que Gloria Gamito me daba una instrucción: "Sé bueno, niño". Y él por detrás se acercaba y me susurraba al oído: "Sé malo, que se pasa mejor... jijijiji". Y ponía esa cara inconfundible del que verdaderamente está riéndose con un jijijí a la espera del folio de la impresora.

Fui testigo de su genial complicidad con el dibujante Rafael Calderón, con concejales como Manuel García, que le negaba la filtración de un expediente y a los dos minutos salía del despacho y, oh casualidad, se lo dejaba olvidado en la mesa para que él lo pillara como sólo los gorriones más listos trincan un frondoso migajón, sus charlas con Manuel Ramírez Fernández de Córdoba, los relatos de sus viajes en el barco que se había comprado, la felicidad que le reportaba vivir en el Tiro de Línea, el nacimiento de sus dos hijas y, por supuesto, su lenta evolución de la trinchera del Ayuntamiento a una zona más cómoda por imperativos de una salud quebrada. El periodista Tomás Balbontín ha muerto. Llevaba más dos décadas burlando a la Canina. En los años 80 y gran parte de los 90 era probablemente el más influyente en la Plaza Nueva, látigo de las corporaciones municipales, directo, valiente y enemigo de la ojana, los ripios, la Sevilla del pestiño y la hipocresía. No escribía para sí mismo ni tocaba el tambor.

Al redactar era a veces temerario como los ciclistas en el descenso de un puerto de montaña. Por eso era bueno y distinto. En el verano de 1997 le pregunté: "Y después de decir lo que has dicho de este concejal, ¿qué ocurrirá cuando te lo encuentres por los pasillos del Ayuntamiento?". Y me respondió: "Eso es problema suyo, yo voy a seguir yendo al Ayuntamiento". Con los años, por cierto, la sala de periodistas pasó del edificio noble de la Plaza Nueva al del Laredo. Una de las últimas veces que charlé con él fue en el ascensor del Hospital Virgen del Rocío, donde me habló de la evolución del trasplante que había recibido y recordamos los años vividos juntos en la redacción de Cardenal Ilundáin, sobre todo aquellos veranos de finales de los noventa. Hoy lo veo teclear mientras Calderón lo interrumpe por enésima vez para, ahora sí, dejarle la última cerveza sin alcohol. Y Fernando Carrasco me dice que, mientras llegan los teletipos taurinos de la noche del 15 de agosto, vayamos nosotros a por un par de avivadoras... de la Cruzcampo naturalmente.

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