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José María Prieto

En la muerte-vida de Jesús Arellano (1921-2009)

DESDE 1946 en que llegó a esta ciudad para desempeñar la Cátedra de Filosofía hasta 2005 en que cumplidos los ochenta y cuatro años dio el último curso en la Facultad de Filosofía, en este largo periodo de sesenta años, Arellano llenó de ideas los espacios culturales sevillanos. Desde la década de los 50 y siguientes la Universidad de Sevilla y sus Facultades fueron un ámbito de confrontación intelectual. Aulas y pasillos se convirtieron en foros de discusión a pesar de o precisamente por las cortapisas existentes. Una Universidad de maestros refrendaba una acción comprometida. Algunos recordarán al profesor Arellano, secretario entonces de la Facultad de Letras, oponiéndose con no se sabe qué fuero en la puerta de Laraña al capitán de la policía que con sus hombres pretendían entrar armados al recinto universitario. O aquella mañana del otoño de 1958 cuando el ejército soviético invadió Hungría don Jesús dedicó sus clases en Letras y Medicina a expresar un grito por la libertad ante el silencio o la indiferencia de muchos. Los debates llenaban a tope las grandes aulas de Derecho, Letras o Medicina; Arellano era recibido con expectación y los temas propuestos, derechas e izquierdas, marxismo etc. hacían interminables las sesiones, como algunas de las conferencias que pronunció en el Guadaira de Canalejas sobre la teoría del amor, que duró cerca de tres horas o las admirables discusiones sobre la libertad con otro prestigiosos profesor.

En este variado mosaico resaltaba su capacidad especulativa, puesta de manifiesto en la fundamentación de la Antropología filosófica, que le ocupó muchos años, y también de las ciencias estéticas. Sus proyectos de enciclopedia Iberoamericana, de revista de crítica filosófica fueron intentos de atender carencias de la investigación filosófica española. Su labor más continuada la llevó a cabo durante años en el entresuelo de techos bajos en el edificio de la Fábrica de Tabacos, horas y horas, hasta rebasar el cierre de la Facultad, de conversaciones con los jóvenes profesores, con los estudiantes de letras, medicina o ciencias, y con el cuidado de sus ayudantes, Mapi Ayarra, Tere García Botello. No tenía tiempo para él, nada ha retenido para sí. Hay una dificultad en hablar sobre lo que ha hecho, porque su hacer ha sido volcarse sobre los demás. Cada uno de los que nos hemos movido en su entorno puede contar su propia historia con don Jesús: lo que le dijo, lo que le sugirió , lo que le enseñó, de manera que hablar sobre él se convierte en hablar sobre uno mismo. Estaba siempre en público, pero desaparecía. ¿Dónde se le podía encontrar? Intentando ayudar a hacer la obra de Dios en la tierra entre los hombres. ¿Dónde está? En nosotros. Todos somos una parte suya, pero somos nosotros. Nunca intentó formar un grupo, al modo de una escuela. Su profundo sentido de la persona y de la libertad le alejaba de cualquier sometimiento. Ser el que se es, impulsar el ser sí mismo, asumir la libertad, eludir la alienación, tal era la propuesta. La libertad más que idea abstracta o deseo imaginativo era el amor vivido en plenitud, como ofrecimiento, consentimiento, entrega, esto es, donación de sí, vivir en sacrificio, en homenaje del hombre al hombre. Veritas -Libertas señala su ex-libris.

Ensambladas teoría y praxis, libertad y amor son el último momento de una vasta investigación a la que dedicó sus esfuerzos especulativos. Constituyen estas elucubraciones un armazón conceptual que abarca los entramados del orden trascendental del ser. Pero lo que llama más la atención es que Arellano por elevado que pueda ser el nivel de consideración nunca pierde la referencia humana y existencial al tratar una cuestión técnico-filosófica. Esta vibración humana resultó atrayente a cuantos a través de tantos años le escucharon. Cada cuestión afectaba a uno mismo. Todos recordamos la impresión de las primeras clases escuchadas, revividas ahora como un ejercicio dialéctico y retórico de ingente producción de ejemplos, análisis, argumentaciones, excitantes de admiración, que ponía en marcha el propio pensamiento. Era escuchar la música de la filosofía, las ideas devanándose desde el fundamento, las reiteraciones en búsqueda de precisión, el giro cambiante sobre lo mismo. Se experimentaba la conmoción de que eso era filosofar, una tarea sin término, inconclusa, abierta a nuevos caminos, insatisfacción del pensamiento que propiciaba la elusión de dogmatismos o cierres y la incitación a continuar mar adentro.

No resulta extraño que las numerosísimas personas que a lo largo de su prolongado magisterio han trabajado en su cercanía hayan seguido orientaciones diferentes: Oswaldo Market, su más antiguo discípulo, inolvidables Patricio Peñalver y Esperanza Pérez Hick, María Luisa Santos, José Luís López, Juan Arana, José Villalobos, Pilar Burguete, etc. Y es natural que su pensamiento filosófico haya cristalizado además y al mismo tiempo en obra poética. Abrir el libro de sus poemas es entrar a la vez en su pensamiento y en su corazón desbordante.

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