Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Los muertos invisibles

NOVIEMBRE es el mes de los difuntos, y este año además parece que el tiempo, perezoso, ha querido sumarse al recuerdo de los ausentes con las nubes negras descargando las primeras aguas que corren por los desagües de las casas, encendiendo los primeros braseros que se ocultan bajo las camillas de las salitas, sacando de los altillos los abrigos y los chalecos de lana, perfilando las tardes cortas del otoño con su carga de melancolía.

En el día de los muertos, los verdaderos (los vivientes ya se han recogido de las fiestas de Halloween), me he acordado de esos tres infortunados soldados del ejército del aire que se han dejado su juventud en el Atlántico pilotando un helicóptero mientras cumplían con sus obligaciones profesionales. Y no he podido evitar pensar en la diferencia de trato que se da con frecuencia cuando la muerte alcanza a los militares, como si aquella estuviese incluida en sus exiguos sueldos, en su labor callada y poco valorada, como si fuera de suyo en su condición de defensores de la patria, o lo que es lo mismo, de todos nosotros.

En los años de plomo, aquellos en los que mirar debajo del coche era una rutina más, ETA mataba a diario a militares y guardias civiles, y hubo demasiados casos en que los funerales se celebraban casi en la intimidad, sólo los compañeros y el delegado del Gobierno de turno arropando a las familias desechas en el duelo, mientras las madres y viudas lloraban a los suyos en medio de un silencio ominoso que helaba las conciencias. Sólo cuando la banda cambió de estrategia y los atentados se ampliaron indistintamente a políticos y a la sociedad civil en general, en lo que llamaron la socialización del dolor, hubo una verdadera respuesta colectiva acorde al prestigio de un país que se precie de serlo.

No sé si por su asociación con el franquismo, hoy más mítica que real, o por sus pasadas veleidades golpistas, pero el caso es que cuando la muerte golpea al Ejército, ya sea un casco azul desplazado en una misión de la ONU o un joven piloto en unas prácticas de vuelo, parece como si doliese menos. El otro día, en el frío funeral de la base canaria de Gando y representado mínimamente el Estado con su ministro de Defensa, allí estaban ellos, y me parecieron como siempre los vi. Rotos en el dolor, dignos en su oficio, pero orgullosos del deber cumplido. Digo yo que algún día tendrán el homenaje que se merecen.

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